I. La venta / Estamos en movimiento

LA VENTA

Una minifalda negra quemada por un cigarrillo y una camiseta suelta que cae por los hombros, los ojos pegajosos de rímel y eyeliner, y el pelo despeinado. Parece un uniforme acordado por todas las chicas que esperan para entrar en la discoteca o fuman fuera, bajo la luz rota de una farola. Dentro, la música electrónica y las luces recuerdan a un videojuego de los recreativos.

            Una se separa del grupo y le dice algo al portero al oído. Este la deja pasar, y hace un gesto a su compañero para que la acompañe. Se abre camino entre los cuerpos en movimiento desenfrenado, que saltan y resplandecen en brillos imposibles bajo las luces de la sala oscura. Las cervezas vuelan en la mano, y los desconocidos se besan para pasarse pastillas de éxtasis. El guarda le franquea el paso por una puerta lateral, y dentro la luz es más cálida y el rumor de la música esta amortiguado. Ahí fuma un chico de unos veinte años, engominado, la camisa blanca abierta mostrando la camiseta interior y los collares de plata al cuello. Mira de arriba abajo a la chica, delgada y uniformada como todas las demás, demasiado desaliñadas para su gusto. Le pregunta si trae algo bueno. Ella saca una bolsita de su pequeño sujetador negro y se la tiende. El chico la revisa, lanzando una nueva mirada desconfiada a la chica, la abre y prueba un poco. Sin delatar en su rostro ninguna expresión, aprueba la calidad y le hace un gesto al portero. Este señala otra puerta al fondo a la chica. El anterior no hace ademán de devolver la bolsita.

            Al fondo, cruzando la puerta, hay otro pasillo. Aquí ya apenas se escucha la música del club. Abren una puerta más, casi tan pesada como la de la entrada, y el portero le indica que pase adentro.

            El cuarto no es muy grande. Tiene bolas de discoteca, cuadros de luces, y unos sofás de terciopelo que antes estaban fuera. Allí, tumbado en uno de los sofás, hay un hombre de una avanzada treintena, melena y barba brillantes por la gomina, y ojeras marcadas. Sonríe meloso a la joven, y le ofrece asiento y una pastilla de éxtasis. Ella extiende la mano, pero él la coloca sobre su lengua con una risilla burlona. Sin demora, ella se adelanta y extiende la lengua, a lo que él enlaza la suya y deposita el regalo.

            Después del intercambio, ella se levanta la camiseta. Pegados al cuerpo tiene varios paquetes envueltos en bolsas de plástico negras y cerrados con cinta. Le tiende uno, y él lo abre con un cortaplumas. Prueba el polvo blanco y le dedica un halago. Entonces, hace su oferta, y ella finge no estar de acuerdo, de modo que regatean unos momentos, él sin perder la sonrisa mientras empieza a esnifar la mercancía, ella cortante, pero flexible.

            Cuando él saca el dinero, ella despega todas las bolsas y las deja caer sobre una mesa junto a él, al tiempo que mete todo el dinero dentro de las botas enormes y negras que lleva puestas. El hombre le ofrece una raya, y ella acepta. Este le indica que se siente a su lado y se pone a hablar atropelladamente, al tiempo que con una mano fingidamente distraída le acaricia los muslos. Ella le deja hacer, mirando en derredor. Junto a una taquilla desvencijada hay un reloj de manecillas negras. Mira cómo se mueven, atenta a la insistencia de los pellizcos del hombre y a su conversación errática. Los minutos corren cada vez más densos, más intangibles, mezclados en la mente acelerada del comprador, que apenas sabe qué está diciendo ya, pero no puede parar de hablar mientras siente crecer su ansia.

            Ella le coge entonces la mano, y le cierra los dedos, extendiendo el índice. El hombre sonríe con varias piezas de oro y siente un escalofrío de excitación. Entonces, ella dibuja un lazo en el aire con su índice, y él ve la línea dibujada salir de la punta de su dedo como un haz de luz. Sus ojos se desorbitan, y está a punto de levantarse, moviendo el dedo brillante ante su cara. Ella lo vuelve a sujetar y dibuja estrellas y círculos, cada vez más rápido, demasiado rápido para seguirlos con la mirada, y él ve un universo improvisado y en rápida expansión desenvolverse ante sus ojos, la boca entreabierta, las manos como muertas bajo el hechizo de esa flaquita. Por un momento las luces flaquean, pero ella le acerca una pizquita más, y de alguna manera alcanza una cerveza que le apacigua la necesidad de hacer algo con las manos. De nuevo, los colores brillan y ya sigue él sólo dibujando en el aire, quizás encontrando en su cosmos de luz algo de mayor edad, con tetas.

            La chica coge con sigilo algo más del dinero que hay sobre la mesa para cobrarse la primera bolsita y pica a la puerta. El portero la entreabre, y escucha a su jefe divagar a toda velocidad sobre un club en la playa y un yate, entre risas y tacos, y un no sé qué de muchas luces. Ella se desliza fuera de ese pasillo, baja la mirada al pasar junto al chico de antes, que está muy ocupado tratando con un adolescente encapuchado y pasado de rosca. Entra de nuevo al centro del movimiento y la música.

            Los cuerpos sudorosos de alcohol y químicos se pegan a ella, que tiene que extender los brazos para abrirse camino, mareada de las ganas de reír y bailar, viendo miles de pares de brazos saliendo de los suyos. Se pega a esos cuerpos y salta, salta y las luces del club quizás salgan de sus ojos como lágrimas de láser, o quizás solo se reflejen en ellos. La euforia disipa el recuerdo de la alerta, aunque quizás se le esté pasando ya, porque se vuelve repentinamente hacia la puerta trasera y de pronto es consciente de que tiene que salir de allí lo antes posible.

            La calle fría le saluda, y ahoga los ruidos del interior en su silencio nocturno, lleno de ronquidos y algún motor somnoliento. Camina por el asfalto, abrazándose los brazos fríos, deprisa, y se aleja de los bares y las calles, la paranoia insistente obligándola a mirar hacia atrás todo el rato hasta que llega a la estación de autobuses. Siente la boca pastosa. Al subir en el bus adecuado se deja caer en el asiento, deseando tener una sudadera, abrazándose los brazos al tiempo que se acurruca precariamente en el duro plástico. Recorre una hora lenta de autopista y barrios y más barrios residenciales hasta que el autobús se para allí donde ella se baja. Corre por las calles vacías, salta una valla para atajar y por fin se adentra en un parque vacío a paso ligero, hasta que llega a la altura de una obra del ayuntamiento, abandonada hace mucho, llena de grafitis y los restos de botellones.

            Allí, detrás de una nube de humo inquieta, le espera un chico joven, imberbe, con la cabeza calada en un gorro y las manos en los bolsillos de una sudadera. Al verla, tira el cigarrillo y la interroga con la mirada, pero ella, relajada al fin, trota hacia él y ya saben el resultado. La exhorta a que le muestre lo ganado, y ella le tironea de la manga para que le dé su sudadera. Discuten, hasta que él se la quita y se la da. Entonces ella saca un rulo de billetes de cada bota, y el tercero que se sirvió ella sola y que guardó en el escote. En un gesto fresco e infantil, lo lanza al aire. Él protesta, pero se relaja un poco también y ambos se ponen a cogerlos al vuelo, por fin dejando aflojar una risa nerviosa contenida toda la noche. Entonces, él la agarra de la cintura, le restriega unos billetes por la cara mientras se ríe y le da un trago a una cerveza. Ella saca de un bolsillo la pastilla de éxtasis que no se ha tragado y él se la guarda en el pantalón, pensando en dónde va a colocarla al día siguiente. Luego le pasa la cerveza. Ella bebe, los ojos clavados en él. Él saca una bolsita de cocaína, de la buena, y le mete una pizca en la nariz, sin que ella oponga resistencia, para después esnifar otra pizca él mismo. Tan solo la ha probado unas pocas veces, desde que se encontraran aquellos gramos entre las pertenencias de unos yonkis que la policía había encontrado muertos en aquel mismo lugar. Se habían hecho con las bolsitas, y luego habían salido por piernas. Al regresar por allí, un camello adicto se había encarado con ellos, preguntando por la droga, ya que él había abierto la boca demasiado delante de otros chicos del barrio. Los había manejado como a monigotes, y en nada les había colocado una droga pésima y los había mandado a venderla por él en sitios a los que no se atrevía a ir.

            Habían hecho lo que había querido hasta aquella mañana, cuando se habían encontrado al individuo tieso con una jeringuilla en el brazo y una bolsa llena de paquetes de cocaína. Y entonces, habían tomado su iniciativa.

            Sobrecogidos por la euforia del triunfo, y en parte por el miedo, apartaron la cerveza y se comieron la boca el uno al otro, tambaleándose hacia una pila de cajas. Ella deshizo la hebilla del cinturón y los botones de la bragueta, estimulando su erección con la mano; él le levantó la falda y le bajó las bragas, y tuvieron sexo entre chispas y haces de luz que salían de sus dedos y dibujaban corazones y estrellas en sus mejillas. El universo les rodeaba para que la noche no fuera tan oscura y aquel lugar se cubriera de una hermosa luz de colores. Aunque estuvieron bastante rato intentando terminar, casi hasta que se les pasó el efecto, él estaba demasiado excitado para correrse o para preocuparse por si ella se había corrido, y el frío terminó por imponerse a su torpe y químico calentón. Él fue a esnifar otra pizca, pero ella le quitó la bolsita, gritándole que no se la esnifara toda en una noche. Él la agarró de los brazos y se la quitó, que solo quería un poco. Forcejearon y él al final se la quitó. Ella se fue con un encogimiento de hombros, súbitamente cansada, pero sintiéndose aún muy despierta. Al día siguiente tendría que ayudar a su madre a limpiar la vajilla, recordó de pronto. Algo parecido a la vergüenza voló delante de sus ojos por un instante minúsculo. Era hora de volver a casa.

            Cruzó a paso rápido por el parque hasta volver a la calle. Allí, siguió hasta una cuesta que bajó con cuidado de mirar bien al suelo para no tropezar. Al llegar a la puerta de su casa, oyó que el perro se despertaba y se aproximaba a la verja arrastrando la cadena, pero por suerte no ladró. Ella le acarició el morro distraídamente, y buscó a tientas el agujero entre los setos donde guardaba el resto de la mercancía en una mochila vieja de propaganda. Quería un poco más, pero torció la nariz al pensar en lo malo que era aquel polvo en comparación con el que se había quedado su novio, y tras guardarla con mucho cuidado, caminó de descalza y de puntillas hasta las escaleras que daban a la cocina en el primer piso.

            Su madre aún dormía. Pasó de puntillas frente a la puerta entreabierta de su habitación y entró en el cuarto de baño a por una toallita húmeda. Se restregó el maquillaje hasta que casi no quedó rastro, descubriendo un rostro mucho más joven de lo que habían estimado en aquella discoteca al dejarla entrar sin mirarle el carnet de identidad. Se quitó la ropa que olía a tabaco y a sudor, y la enroscó en una bola debajo del colchón. Entonces, se peinó con dificultad el pelo ondulado, se estiró bostezando con solo el sujetador roto de encaje puesto, lo tiró a una esquina y se puso su pijama de ositos.

            Pasó un buen rato despierta sobre la cama, pensando muy contra su voluntad en su madre, que la miraba con severidad desde una de las fotos en blanco y negro que le había hecho su padre el año pasado. Le gustaba aquella foto, era severa y elegante a la vez. Mañana vería la cara severa, pero probablemente no la elegante, de aquella señora en abrigo de visón de la foto. Pensó también en la cocaína, pero el rostro de su madre se superponía sobre todos los que había visto en el transcurso de aquella noche.

            Pensando en la falta de elegancia real de su madre, se quedó por fin dormida.

Marián Jove


ESTAMOS EN MOVIMIENTO

El campo quemado aún humeaba, metiéndose entre mis pestañas. Quizás por eso estoy llorando, quiero decir, estaba llorando. Sus cuerpos no eran los míos, y llevaban tiempo muertos, pero en este camino era necesario que los viera frente a mí antes de continuar.

            ¿Cómo expresarlo? Estaban vivos hacía tres años, cuando les conocí, cuando bajé por primera vez a verles. Pero hoy ya no lo están. Y no eran mi familia de verdad, no eran los que sonríen dese las fotografías que llevo a cuestas en mi maleta, para burla de él por su inútil peso. Pero para ellos yo sí era su familia.

           Oí sus pisadas acercarse a mí. Creo que llevaba más de medio día esperándole, caminando por entre esa tierra quemada, incapaz de apartar la mirada de esas mantas que cubrían sus cuerpos. Acaricié su hocico, dejando que se me escapara un último sollozo antes de cerrar el dique y contenerme. No era justo ponerme así delante de él.

            –Aquel día no te hubieras quedado a llorar aquí. El hedor era insoportable.

            Limpió mis mejillas con su lengua. Me agarré a su mano para ponerme en pie.

            –¿Hacia dónde ahora? –pregunté, reajustándome las tiras de la maleta a la espalda.

            Señaló un punto más allá que atravesaba el valle hacia el sol.

            –Allí está el tramo navegable del río. Solo tendremos que caminar hasta allí.

          Asentí. Él, a quién por supuesto no era capaz de engañar con mi pregunta, no me dejó desviar la atención. Rodeó mi rostro con sus manos y me obligó a mirarle a los ojos. Tenía el rostro sereno, como siempre. No es un rostro frío, pero quizás hoy me pareciera un tanto más desapasionado que otras veces.

           –Mira otra vez.

           Seguí sus ojos hacia donde antes había visto los cuerpos tapados. La hierba crecía fresca, y aquí y allí nacía un diente de león. Una última lágrima se deslizó por mi mejilla.

            –Pasó hace mucho tiempo. Ahora estamos todos bien.

          Pensé en su sobrino, y en sus aterrados ojos negros la noche que encontró muerta a su madre. Él no estaba bien. Él ya no estaba.

            El resto eran rostros, sonrisas en una sala llena de gente, manos que sostienen la tuya por cortesía en una cena. Pero él, él había rozado mi vida al otro lado del espejo. Y mientras yo huía, y con mi huida provocaba el derrumbe de su único apoyo, ese niño de ojos negros se perdía también.

           –Nunca te he preguntado quiénes fueron los que quemaron vuestra casa. Ni por qué estaban aquí sus cuerpos. Ni siquiera sé quiénes los mataron.

            Apartó las manos de mi rostro y me rodeó, apretándome contra sí, más para saber que en ese momento no me escurriría que para consolarme.

        –¿Qué importa ya? –me revolví en sus brazos, a punto de protestar–. Fueron insubordinados, envidiosos, viejos enemigos, amigos resentidos, como los quieras llamar. Lo único cierto es que fueron los nuestros.

            Asentí, pensando que aun así seguía siendo mi culpa de algún modo, tal vez simplemente por el hecho de ser capaz de concebirlo.

             Él se apartó, arremangándose la camisa.

            –¿Podemos seguir nuestro camino ya?– preguntó.

            Asentí. Echamos a andar hacia la arboleda, bajo un sol de comienzos de verano, él varios pasos por delante, yo un poco más atrás. Caminar así no me da miedo, a pesar de que a veces le pierda de vista porque se adelanta bastante a mí y me veo caminando sola. Sé que al seguir el rastro que va marcando con su olor, nada se atrevería a salirme al paso, y si así fuera, pues sería inevitable. Pero él nunca se aleja demasiado. Algunas veces corremos juntos, pero esta vez me pesa esta maleta, cuyo contenido aún no le he dejado ver. Nunca lo diría, porque tiene una paciencia inconmensurable, pero tiene curiosidad.

            Dos días después, llegamos efectivamente al río, a un tramo profundo y tranquilo de aguas rápidas. Debíamos estar bastante cerca del mar, pensé. No es que se vieran gaviotas aún, pero el aire olía un poco a costa, aunque quizás fuera una planta cercana que me recordase a los veranos en la playa, y por eso hiciera la asociación. Él corrió por el embarcadero con deleite, y me esperó sentado junto al bote. Cuando llegué a su altura, me senté junto a él, y dejé colgar los pies descalzos hacia el agua, aunque no llegué a rozarla. Al verme, él hizo lo mismo, descolgando los pies y sumergiéndolos en el agua.

            –¿Está fría? –pregunté.

            Negó.

           Dejé caer los pies extendidos y el agua helada me sorprendió de forma grata. Le pellizqué por travieso, y me pellizcó la nariz, sonriente. Qué fácil es todo cuando nos llevamos bien, pensé.

            Delante de nosotros quedarían días en el botecito al que nos subimos después, primero él y luego yo, ya que mi estabilidad en tierra y en agua es precaria. Remábamos por turnos, aunque sobre todo él. No tardamos en dejar atrás bosques y praderas, hasta llegar a las aguas saladas del mar. Esa sensación de estar rodeados de agua por todos los costados nos impregnó con tal fuerza que dejamos de remar y nos tumbamos en el fondo de la barca, sintiendo el bamboleo de las olas y el rumor del mar, protegiendo nuestros rostros del sol bajo la lona que habíamos echado en la mitad de la barca. Nos robamos algún beso, la cabeza apoyada sobre su abrigo enroscado, los pies sobre mi maleta para mantener la balsa en algún tipo de equilibrio.

            Hoy, pasado ese viaje que nos llevó por decisiones vitales, glaciares y días de remar y remar en un mar tormentoso, nos tumbamos en una misma cama, la mía y la suya, en dos lugares distintos pero en el mismo lugar. Le he vuelto a hacer una pregunta que repito con estúpida frecuencia.

            –¿Por qué me quieres?

            Su mirada y su risa burlona me hacen arrepentirme casi al instante. Su respuesta fue la de siempre. Me la esperaba, pero seguí insistiendo, tal vez intentando entender la pregunta que realmente quería hacerle.

            –Quiero decir… ¿por qué me aguantas? ¿Por qué… por qué nunca nadie me querrá así como yo quiero?

            –Porque todos necesitamos querernos a nosotros mismos un poco más de lo que queremos a los demás. Que no te engañen las fotografías –dijo, e hizo un gesto hacia mi maleta abierta, que habíamos estado curioseando unas horas antes como niños traviesos–. Las personas no se entienden las unas a las otras tan bien, pero eso no lo puedes ver desde afuera. Funcionan mediante silencios y malentendidos.

            –Solo… prométeme que no volverás a enfadarte y a marcharte.

            –Prométemelo tú a mí –replicó él, desafiante.

            –Yo… lo necesitaba… –siento su rabia, que es la eterna compañera de mi indecisión–. No sé qué pasará, lo intentaré, pero no te lo puedo prometer.

            –Pues yo tampoco.

            Me besó en la frente y acarició mi vientre con esperanza, una esperanza tranquila, más bien una espera confiada de que algo llegaría pronto y lo cambiaría todo otra vez de formas que somos incapaces de prever, especialmente en estos momentos en los que estamos bien. Pero está tranquilo a mi lado, y estamos viajando, viajando sin cesar. El viaje es la perfecta metáfora de lo que debería ser la vida, un continuo superar obstáculos, un estar en movimiento, nunca quietos, siempre dispuestos a enfrentarnos a lo que venga, pero no a esperarlo desde nuestras casas, envueltos en una sensación de falsa seguridad. Nunca nos quedamos mucho tiempo en ninguna parte. No estamos siempre juntos. Pero él acude y yo lo llamo. Y pronto, espero, daremos vida a algo juntos. Al menos, ahora ninguno se miente a si mismo sobre cuál es su lugar y nuestras funciones han quedado claras. O eso creemos ahora, que estamos bien.

            Vuelvo a pensar en las fotografías de mi familia, en lo sorprendentemente íntimas que me han parecido. Y pienso en sus palabras. Nadie conoce a nadie, y pocos se conocen a sí mismos. Al menos, nosotros nos conocemos a nosotros mismos.

          Y pienso, al beber el último sorbo de vino, que la embriaguez es un estado de deshidratación.

Marián Jove

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