I. Memento Mori

En la familia Villalocos, hay una maldición,

la que no vuela, arde como el carbón…

El señor Rivas llevaba casi una hora disponiendo los preparativos para realizar la fotografía, y el padre de Celia comenzaba a impacientarse. No es que fuese una familia que se tomase el tiempo a la ligera, precisamente. En cada generación alguien les recordaba que los minutos apretaban en la muñeca.

            Rivas era consciente, por supuesto, pero tenía tras de sí cuatro generaciones de fotógrafos que habían convertido la casa Rivas en un negocio sin competidor en cuarenta kilómetros a la redonda. Por eso, se tomó su tiempo y volvió a desaparecer bajo la cortina negra, utilizando la nuca de Celia Villalobos como punto de enfoque. Ella hablaba con su abuela, dejando que le leyese los labios, y de pronto se giró y clavó la mirada en el ocular. Entonces Rivas reapareció, carraspeando y recolocándose las lentes.

            –Pueden ir ubicándose, si son tan amables. Se acerca tormenta y no sé si la luz seguirá siendo tan buena en un rato.

            –Gracias a Dios –suspiró el primogénito de los Villalobos.

            Fueron situándose todos tal y como les iba indicando Rivas. Habían colocado delante de la chimenea el sillón de su padre, donde él dejaba claro quién era el cabeza de familia. La señora Villalobos permanecía de pie a su izquierda, con una mano sobre el respaldo y la otra enlazando el brazo de la abuela. La pobre abuela, sorda desde los diez años.

            Ricardo, el primogénito, se encontraba a la derecha de su padre. Llevaba en su mentón levantado la soberbia del hijo con privilegios que no cargaba con la maldición familiar a sus espaldas. Le seguían, por orden de edad, Celia y Lidia. Y, tras ellas, en la repisa de la chimenea se podían ver dos daguerrotipos y un calotipo de sus bisabuelos y tatarabuelos.

            Celia odiaba con toda su alma el primer daguerrotipo. El de su trastatarabuela sosteniendo a aquella niña muerta entre sus brazos. Una de aquellas fotos de angelitos post-mortem que tan de moda estaban en aquella época. Y que llevaban recordándole veinte años lo pesada que era su cruz.

            Desde el primer Villalobos, en cada generación había habido una mujer suicida. De madres a hijas corría la misma historia: siempre había una mujer con un acceso de locura puntual, que llegaba como una revelación, y cuanto más tardío era en aparecer, peores eran las consecuencias.

            La tía de Celia, recién cumplidos sus veinticinco años, despertó una mañana diciendo que podía volar. Y en un momento de descuido de sus padres, corrió a los acantilados  y se lanzó con los brazos abiertos. Porque cómo podré saber si soy capaz de volar, si nunca lo he intentado.

            La abuela fue algo más afortunada, la fatídica revelación le llegó a los diez años. En el momento de misa en que recibió la hostia consagrada, pasó de largó los bancos y se escabulló por la escalera del campanario. Subió y se coló bajo una campana. Y aguardó el momento del final de la misa, porque tenía que saber cómo se oían las campanadas desde dentro.

            La hermana de su bisabuela, la preciosa niña de la foto, quiso sentir el tacto del fuego. Y en medio de una sobremesa en el salón, saltó hacia la chimenea.

            Y, aunque durante generaciones habían tratado de atajar aquellos accesos, si algo había quedado claro en más de doscientos años, es que la locura siempre encontraba un camino. Todas ellas lo sabían, y en el pueblo también. Ya lo decía aquella infame canción.

            Celia sintió la mano de Lidia agarrar la suya para la foto, y le sonrió. Lidia estaba radiante; por la feria del fin de semana, suponía. Una vez había dicho que si iba a morir, preferiría que fuese bailando, y Celia la había callado a gritos, echándole en cara que bromease con aquello. Cuando ambas pasaron de los dieciocho las bromas habían desaparecido, por supuesto. Eran las dos únicas mujeres de toda la nueva generación. No había más hermanas, ni más primas; no había otra posible mártir.

            Celia se preguntó si su hermana también sería consciente de que aquella foto era la última en la que ambas aparecerían con vida.

            –Ahora manténgase todo lo quietos que puedan hasta que yo les indique, por favor.

            Celia fue la única de su familia que clavó la mirada en los ojos de Rivas en vez de en el ocular. Y él se la sostuvo con una sonrisa comedida bajo aquel bigote rojizo. Él tenía tantas ganas o más que ella de descubrir qué hermana sería la afortunada.

            Finalmente, la foto no saldría perfecta, por supuesto. La cabeza de Lidia saldría movida, y la boca de la abuela entreabierta. Pero sería expuesta en la repisa de la chimenea igualmente.

            Al finalizar, mientras Rivas guardaba todo el instrumental, comenzó la tormenta. Suave al principio, con algún que otro rayo cortando el cielo como un navajazo brillante.

            –Siempre me han encantado los rayos –dijo Lidia fascinada, corriendo a la ventana.

            –Pues tendrías que verlos sobre el agua –se rió Rivas–. Yo una vez los presencié en el mar, y no quiero volver a ver algo así nunca más.

            –Lidia se va a tomar el mensaje al revés, y lo sabes –bromeó Celia, levantando una ceja.

            Lidia le devolvió su sonrisa diabólica como respuesta, y su madre atajó el rumbo de la conversación con rapidez.

            –Lidia y Celia, id a por el café, mientras vuestro padre arregla cuentas con el señor Rivas en la biblioteca.

            Al rato, cuando las dos hermanas ya habían acabado de disponerlo todo, un trueno hizo temblar los cristales de la salita. Y justo después se oyó un portazo en la entrada principal. La señora Villalobos salió corriendo al pasillo y llamó a voces a su hijo mayor.

            –Ricardo, sal corriendo a buscar al señor Rivas, que se quede hasta que pase la tormenta. No puede volver a su casa con este chaparrón.

            –Pero si el señor Rivas está en el despacho con papá y conmigo –contestó él, señalándole a su madre la puerta de la habitación, por donde en ese instante salía la figura algo desgarbada de Rivas.

            –Entonces, ¿quién ha salido?

            Otro trueno hizo titilar la luz de las bombillas y amortiguó en parte la voz de Lidia, que llegaba como de otra generación, llorando.

            –Ha sido Celia. Decía que tenía que bañarse en el río.

–Irma Galve

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