II.I La duda

twinpeaks road

A veces me acuerdo de aquel paseo. Sobre todo cuando hay tormenta y me llega ese olor a tierra húmeda. Aquel día también llovía e íbamos apretujados bajo mi paraguas. Tú nunca llevabas el tuyo, y ese día aquello me desquiciaba. Que siempre llegases con las manos vacías.

             Salímos del Roadhouse Bar y a medio camino nos cazó la lluvia por sorpresa, como a dos tontos inexpertos que nunca hubiesen vivido allí. Como a los dos adolescentes inexpertos que éramos.

            –No entiendo por qué estás tan cabreada –me dijiste–. Hoy ha sido como todos los viernes.

            Y comencé a explicarte, ¿recuerdas? Que, efectivamente, todo era siempre igual: el silencioso, siempre callado; los caraduras, caraduras; el payaso, siempre como un bufón; los complacientes, como yo, no podían dejar de conformarse. Te dije que seguíamos siendo aquel grupo de inadaptados, que se había juntado por los azares de vivir en un pueblo pequeño en el cual no había mucho donde escoger.

            Y me callé que ni la muerte de Ella había perturbado nada en el pueblo. Su madre llorando sola en medio del supermercado, y los pasillos adyacentes llenos de orejas ávidas de morbo.

            Y tú, que eras de los conciliadores, me dijiste:

            –Ya estamos a finales de curso, y estamos todos muy cansados. Tienes un mal día, Irma, tú no eres así.

            Y quise preguntarte cómo era yo. Pero, en el fondo, yo también me sentía de algún modo parecido al tuyo.

            La primera vez que te vi me habías dado la impresión de ser una persona desenvuelta y alegre. Es curioso como observar a una persona a distancia nos hace formarnos una imagen de ella. Con el tiempo, tu sonrisa empezó a parecerme forzada y tu manera de desenvolverte, una forma desesperada de agradar. El moreno y satisfecho deportista se transformó en el guapo e inseguro J. Cambiaste tú, o cambié yo, o las primeras impresiones nos trataron de necios a los dos.

            Finalmente, me limité a fingir que debía concentrarme en el suelo embarrado de la cuneta para caminar. Como si no hubiésemos recorrido tú y yo mil veces esa carretera siempre húmeda y resguardada entre eucaliptos. El asfalto teñido de marrón y aquellos árboles le daban al paisaje un aire desolador. Como de abandono.

            Cambiaste de tema, y yo te dejé. Al fin y al cabo, sólo puede haber discusión si al menos participan dos personas. Llegamos al cruce y me sonreíste.

            –¿Nos vemos el miércoles entonces? Rita tiene muchas ganas de juntarnos.

            Los dos sabíamos que a Rita le daba igual juntarnos o no, pero asentí y me diste el predecible beso en el centro de mis labios. Totalmente simétrico. Y sentí una tensión inesperada por dentro y la cabeza funcionándome a toda velocidad, como si hubiese besado a un desconocido.

            Mientras volvía a casa, traté de recalcarme que era una sensación ridícula. Pero ahora me doy cuenta de que me lo repetí vehementemente de la misma forma que tratamos de evitar pensamientos que puedan cambiarnos la vida. Muchas veces logramos creernos nuestras propias mentiras.

            Pero no hoy, J. Porque en aquel paseo me alcanzó la duda. Y eso es algo que no se puede borrar. La duda siempre llega para quedarse.

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