II.I Lo perturbador

Las anécdotas de Pablo solían comenzar todas con un “estaba viendo porno cuando…”, seguido de las historias más inverosímiles. Además o a pesar de ser un gran contador de historias, normalmente sorprendía a sus novias cuando, tras una llamada importante del trabajo, de sus amigos o de su madre, colgaba y se levantaba con rapidez (cuando no había estado dando vueltas por el salón) y anunciaba “menos mal, me estaba cagando” antes de salir corriendo hacia el cuarto de baño. No fallaba, según decía él: el teléfono es el mejor laxante.

            Pero sobre todo, Pablo era un tipo majo que se hacía con la amistad y la confianza de la gente con facilidad. Lo más divertido de Pablo es que tenía una hermana, dos años mayor que él, exactamente igual; y esto hacía de las comidas con ambos un no parar de anécdotas hilarantes.

           

               Quizás el motivo de las extravagancias de ambos hermanos radicaba en un episodio traumático vivido en su pre–adolescencia, durante una visita al pueblo donde vivían su tía y su prima. El pueblo estaba a la falda de unas montañas, en una zona rural llena de actividad turística por sus pistas de esquí y su belleza natural. Su tía trabajaba en el turismo, y era algo así como un intermediario entre los visitantes, los hoteles y las estaciones de esquí. Tanto podía venderte un billete de avión como un paseo en trineo por la montaña, y buscaba para los del pueblo y los de fuera desde pensiones hasta resorts de lujo con vistas a las cabras.

            Su prima, un raro espécimen desde su tierna juventud, rozaba la treintena, hablaba cinco idiomas y había dado tumbos por el mundo y por muchas fases del auto-desempleo hasta que se había cansado y había vuelto al pueblo para echar una mano a su madre en el negocio de ser mujer para todo (en los sentidos más turísticos de la palabra). Vivían en una cierta armonía en la que podían levantarse la voz y quererse medio minuto después, siendo ambas mujeres de memoria a cortísimo plazo para los sentimientos. Es por este motivo que su prima era bastante desenvuelta con los clientes a los que servía de intérprete y guía turístico, aunque de esas cosas nunca hablaba abiertamente con su madre, que vivía en una feliz ignorancia de la vida privada de su hija.

            En esto que aquel verano en el que sucedió todo, los niños Pablete y Coro fueron a visitar a su tía y a su prima al pueblo. Como su madre no se fiaba de lo brutos que eran sus hijos, convino con la tía y la prima en buscarles un campamento donde se desfogaran de su energía inacabable, y ya luego los apapacharía su tía. La cosa quedó en que los días antes de volver a casa se quedarían en un hotelito del pueblo en el que solía trabajar su prima organizando grupos y visitas, que además estaba cerca de la oficina de la madre, y así no molestarían en la casita de esas y podrían estar siempre controlados.

            Los niños, que aunque Coro ya casi estaba en la edad del pavo con sus trece años seguía siendo bruta como un arado, lo pasaron de miedo escalando montes, perdiéndose por rutas, en canoa por el río, incluso atreviéndose con la caída libre. No pararon y durante dos felices semanas estuvieron totalmente desconectados del mundo.

            Cuando su prima los fue a recoger al campamento para llevarlos al pueblo, no callaron en todo el viaje contando sus cuentos e historias. Su prima les escuchaba y asentía, con una cierta sonrisa nerviosa que extrañó más a Pablo que a su hermana. En una de esas, directamente los mando callar y subió el volumen de la radio.

            “… Últimas noticias de la comarca: el fugado de las dependencias policiales, conocido como ‘el perturbado de los hoteles’ ha sido visto rondando el concejo de S. y se teme que esté próximo a las localidades de D––– y F–––. Se recomienda a la población manténganse alerta, ya que se trata de un enfermo mental de brotes de ira imprevisibles. Les recordamos los hechos: el fugado es Ramón Sánchez Heredia, natural de S––,  presunto autor de varios episodios violentos en hoteles y presunto asesino de unas cinco personas. Se ruega a la población extremar las precauciones. El fugado es de edad media, alrededor del metro ochenta de estatura, tez clara, cabello castaño canoso y ojos verdes. Estén alerta ante cualquier desconocido merodeando por su región e informen a la policía inmediatamente si poseen información sobre su paradero…”.

            Al ver la expresión de los hermanos en el retrovisor, su prima apagó la radio y se puso a charlar como si nada hubiera pasado, y pronto se volvieron a animar. Llegaron hasta la oficina de turismo, donde  su tía les recibió con abrazos y besos. Se tomó la tarde libre y llevó a los niños a comer a una pizzería, donde estos no dejaron de contarle el origen de todas y cada una de sus cicatrices. Cuando terminaron, la tía les preguntó qué les apetecía hacer esa tarde. Dijeron que querían ir a ver la última película de Disney, que aún no la habían visto, y allí que fueron con su tía y su prima. A la entrada del cine había todo tipo de carteles promocionando aquella película, y hasta un hombre vestido de conejo como los protagonistas, que les saludó y les dio globos de promoción.

           Con dos cajas de palomitas grandes y un refresco, ya que estaban de vacaciones y esos niños comían como limas, se plantaron en la sala. Al rato, su prima se ausentó para contestar al móvil, y ellos ni le dieron importancia, entregados como estaban a la película. Hacia la mitad, Coro no podía aguantarse más de tanta coca–cola que había bebido, y salió disparada al lavabo. Cuando fue a lavarse las manos, escuchó unos ruidos extraños. Procedían de una puerta junto a los servicios que decía “privado”. Aguantó la respiración y escuchó gemidos seguidos de una respiración rápida y entrecortada, además de unas palabras en un idioma que no entendía. No pudo contener una risita. Alguien estaba haciéndolo en el cine. Con curiosidad, se acercó con cuidado a la puerta y probó a empujarla. No estaba cerrada. Decidió echar un vistazo rápido, con cuidado, segura de que ninguna de las niñas de su clase había visto eso aún, una mezcla de curiosidad y turbación en el estómago.

            Al principio no distinguió bien la escena. Vio una pierna desnuda de mujer y lo que parecía una alfombra engulléndola. Pero al aventurar otra mirada, comprendió que no era una alfombra, sino un traje de peluche –el del hombre vestido de conejo en la entrada. Estaba de espaldas a ella, y era marrón oscuro, así que no podía ver mucho, pero de pronto se movió y vio una cabellera rubia teñida y el perfil de la mujer desnuda.

            Su prima.

            Retrocedió como un resorte y volvió a la sala de cine. Pocos minutos después, su prima volvió a la sala, y por mucho que Coro intentó buscar el rubor en sus mejillas, la luz del cine se lo hacía imposible, y su prima actuaba con total normalidad.

          Cuando terminó la película, su tía vio que tenía una llamada perdida de la madre de los niños. Hablaron por turnos con ella y con su padre, y luego esta intercambió unas palabras rápidas con su tía. Fueron hacia el coche de su tía, y esta les comunicó que había un cambio en los planes.

            –Vuestra madre quiere que os quedéis a dormir en nuestra casa en lugar de en el hotel, así que nos apretaremos un poco todos.

            –¿Es por el loco que anda suelto? –preguntó Pablete.

           –¿Dónde has oído tu eso? –replicó su tía, contrariada, lanzando una mirada de enfado hacia su prima.

            –Lo han dicho por la radio cuando los traía del campamento.

            –No hagáis caso de eso, niños, ya le han cogido. Lo dieron en el telediario del mediodía.

           Coro, que intuía que estaba mintiendo, se aguantó las ganas de preguntarle cuándo lo había visto y se subió obedientemente al coche.

           La casa de su tía no era muy grande, era un bajo de una casita de montaña cuyos propietarios vivían en los pisos superiores. Como sólo tenían tres camas, su prima tuvo que ir a casa de unos vecinos a traer un colchón para dormir ella. Provisionalmente, los niños se instalaron en la habitación de su prima, que tenía dos camitas. Se bañaron y su tía les preparó unos sandwiches de cena y les dejó ver la televisión. Luego, les arropó y los niños cayeron dormidos casi al instante, poco después de oír la puerta de la entrada abrirse y a su prima y a su tía arrastrar el colchón por la salita.

          

           –Arriba, arriba.

            Zarandeó a los dos niños dormidos.

            Pablo abrió los ojos adormecidos y Coro rechistó y se dio la vuelta.

            –Arriba, arriba.

           Coro abrió los ojos a regañadientes. Pablo estaba como congelado, mirando fijamente a su prima, que les despertaba. Era de noche aún, eso se veía por la luz eléctrica que se colaba por las persianas. Su prima parecía flotar en medio de la habitación, vestida con un largo abrigo negro de pelo. Al girarse hacia Coro, ella también se quedó helada.

            –Arriba, arriba, niños. Tenemos que ir al hotel.

           Su prima tenía un corte en la sien y el labio, donde se acumulaba la sangre seca. Su expresión era tranquila por lo demás.

            –Ana, no tenemos que ir al hotel, mamá nos dijo que durmiéramos aquí.

            Su prima la ignoró, y le apartó las sábanas como a Pablo.

        –Poneos los zapatos y los abrigos encima del pijama, así será como una aventura, ¿verdad? ¿A que vuestros padres no os dejan ir en pijama por la calle?

            –¿Dónde está la tía? –insistió Coro.

            Su prima, que ahora le ponía los zapatos a Pablo, sonrió de nuevo y un hilillo de sangre se asomó hasta su barbilla.

            –Mamá está durmiendo, tontita, es la hora de dormir.

            Cogió a Pablo de la mano y lo levantó de la cama. Entonces, se giró hacia Coro y le tendió la mano con una enorme sonrisa.

            –¿Vamos?

            Desde fuera les llegó una exclamación, alta y clara en aquel cuarto.

            –¡Ya vamos, Baobao!

            –¿Quién está ahí? –replicó Coro, temblando.

            Su prima, repentinamente, tomó su cara entre las manos y la miró a los ojos.

          –Es Baobao, un amigo mío –acarició sus cabellos mientras Coro temblaba incontrolablemente, y le pasó el abrigo por los brazos con cuidado–. Nos va a acompañar.

            –¿Al hotel?

            –Al hotel.

           

            Cruzaron la casa a oscuras, y los niños no fueron capaces de discernir nada, mucho menos ver a su tía. En la puerta esperaba una figura que al principio les pareció grotesca, pero al verlo a los faros encendidos de un coche cuatro por cuatro, comprendieron que se trataba de un hombre vestido con un disfraz. El cuerpo de peluche estaba arrugado, y de él salía una inesperada cabeza de pelo desordenado y largo, muy oscuro, en un rostro de rasgos asiáticos, para nada joven, con unos hilos de barba negra entre los que relucía una dentadura irregular con un diente de oro. Los ojos quedaban en la penumbra, pero no así el brillo de su diente de oro y su sonrisa torcida.

             Intercambió unas palabras con su prima en otro idioma y los instó a subirse en el cuatro por cuatro con un golpe en la puerta. Ana los subió atrás y les abrochó con mimo el cinturón, para luego subirse ella al asiento del copiloto. El hombre se subió y dirigió una mano a la barbilla de Ana. Ella le miró con una sonrisa, tan extraña como su comportamiento, bailando en los labios, y él arrancó el motor.

            Cruzaron como una exclamación las carreteras de montaña, y ni una sola luz ni un coche ni un alma se cruzó en su camino. Era como si fueran las únicas personas en todo el mundo que siguieran despiertas a aquella hora. Dejaron el coche a las afueras del pueblo, en un arcén que hacía las veces de mirador, y caminaron en silencio hasta el hotel. Las luces estaban todas apagadas y la puerta principal cerrada con llave. Entraron por la parte de atrás, ambos de la mano de su prima, el hombre delante, con la cabeza del disfraz bajo el brazo. El hombre se fue por el pasillo oscuro hacia otra sala, y su prima cogió las llaves de la recepción de la habitación 212. Entonces, se abrazó a los dos niños, apretando la llave en la mano de Coro, y les susurró al oído.

           –Subid las escaleras cuando os lo indique, es la penúltima puerta por la derecha.

             Les besó las mejillas, y Pablo notó el pegajoso olor metálico de la sangre seca de sus labios. Tomándolos aún de la mano, los condujo por una puerta de cristal a una sala de lectura llena de sofás cómodos y una chimenea. Levantó el dedo índice y les indicó la esquina de la sala, y no se movió hasta que ambos estuvieron allí.

             Entonces, una mano blanca salió de detrás de ella y la agarró del pelo. Con una exclamación entrecortada, su prima intentó zafarse, pero la mano la impulsó hacia el suelo, donde cayó de rodillas. Su atacante la empujó para que caminara de rodillas por la sala hasta el centro de la misma, entre exclamaciones y súplicas. Desde la esquina vieron  que se trataba de otro hombre, vestido con un abrigo negro y un gorro de lana verde. Le soltó el pelo con una violencia que la hizo caer en el suelo, y se sentó en un sofá frente a ella. Rebuscaba en los bolsillos del abrigo, y extrajo un puro.

           Con un chisporroteo, la llama de un mechero se encendió a su lado, y el hombre vestido de conejo le encendió el puro. El del abrigo negro soltó algunas nubes de humo hasta darse por satisfecho e indicar al otro hombre que se sentara.

            –Levántate, Ana –ladró el hombre vestido de conejo con voz ronca a su prima.

            Con un rápido tirón del brazo, la levantó del suelo y la sentó junto a él en el otro sillón, ella mostrando su sonrisa alucinada y sanguinolenta de nuevo. Un silencio tenso se instaló sobre los tres, mientras el hombre fumaba.

            –¿Los tenéis a todos? –preguntó de pronto el hombre del abrigo negro.

            –Veintidós exactos –contestó su prima.

            –¿Y corbatas?

         –Cuarenta y siete, dobladas y planchadas –respondió el hombre vestido de conejo.

            –¿Y camisas?

            –Treinta y siete con botones de oro, veintitrés con botones de plata, cinco con botones de cobre.

            –Dadme ahora sus juguetes.

            El hombre vestido de conejo rebuscó entre su disfraz y le dio tres huevos de chocolate kínder sorpresa al hombre del abrigo negro. Este los desenvolvió y aspiró el chocolate, el puro en los dientes. Luego se los guardó en un bolsillo.

            –Traedme ahora mi café.

            Su prima se levantó con rapidez y se fue por la puerta de atrás. Los niños, que habían contemplado la escena en silencio, sintieron ahora los ojos del hombre del abrigo puestos sobre ellos, aunque no podían verle el rostro con claridad. Iba a decirles algo, Pablo estaba seguro de ello. Les diría algo y no volverían a ver a sus padres ni a su tía. Se los iba a llevar con él, con sus camisas y sus corbatas, con el hombre vestido de conejo y su prima con el rostro golpeado.

            Pero entonces el hombre vestido de conejo habló en otro idioma y distrajo al hombre del abrigo negro. Su prima volvió con una taza de café humeante, y les hizo un gesto para que se fueran. Despacio, casi sin atreverse a respirar, Coro y Pablo se cogieron de la mano y caminaron hasta la puerta de la sala. Pero antes de cruzarla, el hombre del abrigo negro los llamó y les dijo que se dieran la vuelta.

        La chimenea estaba encendida, y la sala iluminada ahora con una luz anaranjada. El hombre miraba su taza, e inspiraba el aroma. Su prima estaba recostada sobre el hombro del hombre vestido de conejo, que le acariciaba distraídamente el pelo, los ojos de ambos fijos en el café.

           –Me gusta el café negro, como vuestras almas –dijo el hombre del abrigo negro.

             Y se echó a reir.

            Coro apretó la mano de Pablo y ambos salieron disparados hacia las escaleras. Al llegar a la habitación 212, casi no les entraba la llave en la cerradura de lo que les temblaban las manos a los dos. Miraban constantemente el pasillo por si el hombre les había seguido. Cuando entraron en la habitación, tuvieron miedo de que estuviera dentro, pero no había nadie. Cerraron la puerta con pestillo y se metieron debajo de una de las camas, abrazados, rezando lo poco que se sabían y lo menos que se acordaban, incapaces de hablar del terror que les había acometido.

           

          Al día siguiente, encontraron a tres personas muertas en el hall del hotel. Tres alpinistas que habían llegado tarde de una fiesta y se habían encontrado con el perturbado, que merodeaba por la zona.

          Coro y Pablo se despertaron en sus camas, en casa de su tía. No entendían cómo habían vuelto allí, y no había rastro de su prima en toda la casa. Su tía, preocupada por la desaparición de su hija, no quiso escuchar las irreverentes historias de sus sobrinos sobre raptos en mitad de la noche, hombres vestidos de conejo y abrigos negros. Cuando la policía vino a hacer preguntas, los niños les hablaron del hombre asiático vestido de conejo, y describieron al hombre del abrigo negro. Al parecer, había habido un dependiente asiático de mediana edad en el hotel al que habían echado por faltar al trabajo, pero no había rastro de él en todo el pueblo. Del hombre del abrigo, no podían saber si coincidía o no con la descripción del perturbado porque en ningún momento habían visto con claridad su rostro.

         Pasaron los años y nunca se volvió a saber de su prima. Lo que aún da escalofríos a Coro, y ganas de ver más porno a Pablo para borrarse el miedo del cuerpo, es que la habitación de los alpinistas era la 212.

Marián Jove

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