II.II Cuentos de la casa de los abuelitos

LOS LIBROS DE TATAI

 Los libros de Tatai

En casa hay un estante lleno de los libros de la abuelita, o Tatai, que es como la llama el abuelito. Le gustaba mucho leer cuando era como yo, una niña pequeña. Pero dice que sus ojos ya no valen para leer. Y me los deja leer siempre que quiero.

Las tardes en las que mi hermanito Balar llora o ríe, que suelen ser todas las tardes que no está dormido, la abuelita se lo coloca en las rodillas, y le da besos en los mofletes, y se pasan así horas. O yo creo que son horas, pero puede ser menos tiempo.

Por las tardes, cuando llueve y se llena de barro el patio y el jardín, la abuelita no me deja salir afuera, pero al abuelito sí. Yo me meto en mi cuarto con uno de los libros de la abuelita, aunque como eran de ella cuando todavía no era una abuelita, yo los llamo los libros de Tatai.

Lo que más me gusta de los libros de Tatai es que, al abrir sus páginas, es como si salieran de ellas personitas, y me hablan en voz alta, y a veces hablo con ellos. Así no oigo las risas babosas de Balar con la abuelita. Las personitas no oyen a Balar ni a la abuelita, solo me miran y me escuchan a mí, y juegan conmigo, y saltan por las páginas. Nos pasamos horas hablando y jugando, y sus páginas iluminan mi cuarto, que se va poniendo más y más oscuro según cae la noche, hasta que algunas veces apenas los veo y tengo que pedirle a la abuelita un cabo de vela.

            Cuando estoy con los libros de Tatai puedo estar horas y horas sin aburrirme, y no salgo de mi cuarto ni para usar el servicio ni para pedirle a la abuelita una galleta. Solo cuando oigo la puerta y sé que ha llegado el abuelito, dejo los libros. A veces estoy tan concentrada en la conversación con el personaje de ese libro, que no le oigo hasta que se asoma a mi puerta, y otras hasta que veo su mano arrugada acariciar las páginas. Abuelito no sabe leer, o dice que no sabe. Por eso, cuando él intenta agarrar las figuritas que saltan del papel, siempre se escapan de sus dedos largos y arrugados. Es como si el abuelito quisiera sostener el aire, porque las figuritas saben él no puede leer, y ellas solo juegan con los niños que saben leer (o con los mayores que aún ven).

            Nunca le he preguntado a abuelito si sus ojos sirven para leer, o si quiere que le enseñe. Hay muchas cosas de abuelito que no sé. Pero le quiero mucho, mucho, y un poquito más que a la abuelita.

Marián

Nota: Esta es la primera historia de una serie de cuentos e ilustraciones que aparecerán próximamente en La Libreta Negra.

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