II.II Al final del camino de las luciérnagas

La tarde comenzaba a caer y la luz dorada que entraba por la venta se colaba a duras penas en el tenderete. Tres sábanas colgaban rodeando las camas a la forma de tiendas de campaña improvisadas. La tarde anterior aquello había sido un campamento en la selva, pero hoy era un campo de operaciones.

           Las siluetas de Mateo, Kike, Raquel e Irene se proyectaban en la pared. Jorgito permanecía en una esquina junto a la puerta. Como solo decía tonterías, le habían convencido de que su gran labor era vigilar que la abuela no viniese a interrumpirles. Pero ya habían pasado dos horas de aquello, y Jorge se había hartado y había cogido el pez de cerámica del vestíbulo y jugaba a meter y sacar objetos de él. Mateo siempre se ponía tonto cuando invitaban a Kike a jugar con ellos.

           –Raquel, tú le dices a la abuela que vamos a los caballitos. Y nosotros sacamos las mochilas. Y luego seguimos los tarros de las luciérnagas hasta el monstruo –ordenó Mateo, que con sus once años era claramente el cabecilla de la operación.

           –¿Pero por qué tengo que mentirle yo a la abuela? –rezongó ella, mirando a su primo enfadada.

           –Porque tú nunca te portas mal. Si se lo digo yo, va a sospechar.

           A Raquel le dio vergüenza aquella insinuación de que era una niña buena, y miró a Kike para ver su reacción.

           –¿Por qué nunca jugamos a papás y mamás? –resopló Irene, dejándose caer hacia atrás contra los peluches–. Este juego es un rollo.

           Raquel estaba de acuerdo con su hermana, pero de sobra sabía que si querían jugar con los chicos, ellos dictaban las normas. A sus nueve años, Raquel aún no había descubierto que el mejor contraataque contra un grupo lleno de hombres eran las armas de mujer.

           Mateo ignoró deliberadamente a Irene, y le pasó la bolsa de globos a Kike.

           –Te estoy hablando, Piña-siguió Irene.

           Aquello atrajo instantáneamente la atención de Mateo, y Raquel le dio una patada a su hermana, diciéndole que no se pasase. Se oyeron las risitas de Jorge y de Kike de fondo, y a Raquel le molestó que a Kike le hicieran gracia las baladronadas de su hermana.

           Piña era el apodo innombrable de Mateo. Se lo había puesto Tino, el matón del colegio, cuando estaban en parvulitos. Y, por supuesto, nadie lo reconocería nunca frente a Mateo, pero su cabeza era igual que una piña. Además, el corte de pelo que llevaba no ayudaba demasiado.

           –Irene…vuelve a repetir eso y no te dejo jugar con nosotros.

           –Si no me dejas jugar, se lo cuento todo a la abuela.

           Con aquel argumento, nadie se atrevió a dejar a Irene en tierra. Se repartieron las mochilas, Mateo se guardó el mapa improvisado en el bolsillo del pantalón y salieron de la tienda.

           –Jorge, corre, que nos vamos.

           –¡No sale! –gritó él.

           Cuatro pares de ojos miraron hacia la puerta y se encontraron a Jorge con la boca del pez de cerámica apretada contra el ojo.

           –¿No sale el qué? –preguntó Kike.

           –El anillo de la abuela –lloriqueó él–. Lo metí y no sale.

           El pequeño de cuatro años levantó la cabeza y los miró con pánico. Tenía una marca roja alrededor del ojo derecho. Mateo cogió el pez y, acordándose de la tunda que le cayó el día que metió su medalla de comunión en el hueco del lavabo, decidió prevenir el desastre: devolvió el pez a su posición habitual en el vestíbulo como si nada hubiese pasado.

           –La abuela te va a zurrar con la zapatilla –se rió Irene, informando de lo evidente.

           Jorge ya sentía el calor en las nalgas de solo pensar en ello.

           –No te preocupes, intentaremos sacarlo con un palo –le consoló Raquel, cogiéndolo de la mano.

           –Raquel, no se lo digas a abuelita –suplicó Jorge.

           –Cuando la abuela busque el anillo, se lo decimos –dijo Mateo, zanjando el problema.

           Y así fue como el pez aceleró el desarrollo del plan. Diez minutos después ya salían por la puerta trasera. Eran las fiestas del pueblo, y el día anterior todos los niños habían cazado luciérnagas y las habían metido en frascos de cristal. Los mismos que a esa hora de la tarde iluminaban el bosquecillo que rodeaba las casas. Piña les había contado la noche anterior que mientras colgaba un farolillo había visto entre dos árboles un monstruo, lleno de pelo, que cojeaba adentrándose en la espesura.

           Ni Raquel ni Irene, de siete años, creyeron aquella historia. Y mucho menos Kike, que había visto a su amigo mentir cientos de veces. Pero Jorge sí le creyó, y pasó toda la cena preguntándole a Mateo si el monstruo cojo también llevaba bastón.

           Pero como todos estaban hartos de jugar a niños perdidos en el bosque, se dejaron llevar por el juego de Mateo. Éste iba a la cabeza del grupo, tocando los tarros brillantes con la mano, y Kike le decía qué luciérnagas tenían que seguir según el mapa para alcanzar al monstruo.

           No llevaban ni media hora caminando, cuando oyeron unas risas a su derecha.

           –Mateo, estamos al lado de la feria –dijo Kike–. El mapa está mal.

           –¡No está mal! ¿Viste tú al monstruo? No. Yo sé donde tiene su guarida.

           Kike puso cara de pan y caminó hacia las voces. Cuando Mateo se ponía mandón era inaguantable.

           –Yo quería jugar a papás y a mamás –se quejó Irene, cogiendo el dobladillo de su vestido y apretándolo con fuerza.

           Por un momento Raquel tuvo miedo de que volviese a aquel hábito de su infancia de levantarse el vestido y enseñar las bragas cuando se enfadaba. Como no quiso presenciar semejante espectáculo, siguió a Kike, y pronto se encontraron en los límites de la feria, justo detrás del camión de los churros. Contemplaron a la gente y miraron los caballitos con anhelo, pensando que hubiese sido mejor estar montados en uno de ellos.

           –¡Mira, es Tino! –dijo Kike, de repente.

           Raquel siguió la dirección del dedo que señalaba, y fijó la vista en aquel niño fornido de baja estatura y mucha mala leche. Mientras observaban a aquel espécimen hablar con sus amigos, Raquel se acordaba de aquella vez que la empujó contra la pared de ladrillos del patio. Y Kike se acordaba de cómo se abrió la frente al intentar aplastar una lata de coca-cola contra la frente en la excursión de fin de curso al zoo. Aún se preguntaba por qué no lo habían dejado abandonado allí. A aquel eslabón perdido que usaba la fuerza porque no tenía una cabeza con la que pelear.

           Mateo, Irene y Jorge aparecieron entonces detrás de ellos, y Piña no tardó en ver a quien observaban. Kike sonrió con malicia y miró al equipo de exploradores.

           –¿Y si en vez de ir a por el monstruo le tiramos los globos de barro a Tino el Ceborrino?

           A Irene le entró un ataque de risa y Raquel y Mateo lo miraron con sorpresa y un poco de excitación.

           –Cuando volvamos al cole nos va a partir las piernas –comentó Mateo, sin lograr que aquel argumento le quitase las ganas de unirse al plan.

           –Nos las va a partir de todas formas –alegó Kike.

           –Vamos a votar –dijo emocionada Raquel–. ¿Votos a favor?

           Y todos levantaron la mano a la vez con fuerza.

           –Mateo, reparte los globos. ¡Vamos a por ese mongolo! –se rió Kike

           –¡Sí! ¡Vamos a por ese hijo de puta! –le siguió Jorge con un rugido, saltando.

           Todos le miraron asombrados, y él hinchó su redondeada barriga, logrando parecer dos centímetros más alto.

           –¡Jorge! –le riñó Raquel–. ¡No se dicen palabrotas!

           –¿Qué? –se quejó–. Papá dice eso cuando no está mama.

           Irene le tapó la boca con una mano y con la otra le puso un enorme globo en las manos.

           Aprovecharon el momento en el que Tino el Ceborrino entró en la arboleda para mear, y se abalanzaron sobre él. Como diría más tarde Mateo, le llenaron de barro hasta el pito. Y vivieron la satisfacción de oírle suplicar clemencia. Al final iba a tener razón la abuela en que cuanto más bravucones, menos valientes eran cuando se encontraban solos.

           –Chicos, vamos para casa –canturreó Mateo, cogiendo de la mano a un exaltado Jorgito, que seguía gritándole hijo de puta a Tino, y corriendo hacia las luces de las luciérnagas.

           Las trenzas de Irene iban balanceándose de camino a casa, y Raquel estaba tan excitada que le había cogido la mano a Kike y él no se la había soltado. Iban riéndose tan fuerte y empujándose entre ellos, que la aparición les pilló totalmente de improviso. Se quedaron congelados en el momento en que aquella silueta negra y peluda apareció frente a ellos en el camino.

Irma

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