III. Las 25 cosas más curiosas y/o ridículas que me han sucedido en estos 25 años

Siento haber tardado terriblemente en escribir esta vez. Le he dado muchas vueltas a este mensaje desde que se me pasó el plazo decente de publicarlo, y aqui van, las 25 situaciones y personas más extrañas y curiosas con las que me he topado jamás.

  1. El americano en Irlanda – o el día en el que a mi amiga, de visita durante mi Erasmus, y a mí se nos ocurrió que acceder a acoger a un tipo que habíamos conocido en un pub una noche en mi sofá para que se ahorrase el hostal antes de coger un avión era una buena idea. En resumen, salimos a tomar una cerveza con el tipo, que actuaba de modo extraño, hasta que nos dio sueño. Le di mi dirección y él vino a mi casa a las tres de la mañana, momento que aprovechamos para despertar a mis compañeras entre histéricas y gilipollas perdidas, para avisarles de que el tipo estaba durmiendo en el salón (aunque ya sabían que vendría), pero que nos había parecido muy raro. Luego, cogimos un taxi para dejar a mi amiga en el aeropuerto, cagadas de miedo, y nos despedimos. A la mañana siguiente, el americano me despertó con un SMS, y le despedí en la puerta. El pobre había dormido en el suelo del salón porque no cabía en el sofá, y le esperaba una buena resaca en su día de viaje. Me dio un abrazo y me dio las gracias.
  1. La fiesta de Jagger – y todos los chupitos de Jaggermaister, los bolígrafos para jugar al “bingo” que usamos para pintarnos pollas y escribirnos guarradas unos a otros en una discoteca entera, y mi momento desaparición en el descampado con un aleatorio que, borracho como iba, fue tierno e hizo una foto de mi cara para no olvidarse de aquella noche. Después de aquello, volví con mis amigas y tardamos dos horas en volver andando desde la discoteca hasta nuestro piso.

  1. El vagabundo que le pidió matrimonio a mi amigo con un aro de cebolla. Mi pobre amigo, que tenía 17 años y estaba en el primer curso de la universidad, no vio la gracia del vagabundo, algo demente y algo cachondo, que le enseñó un aro de cebolla en una bolsa de plástico y le pidió que se casara con él. Su ceño y su “no way, you crazy man” hizo que su novia, mi compañera de piso y yo nos partiéramos de risa.
  1. El yonki del parque que vino a pedirnos dinero a Irma y a mí, terminó contándonos su vida. Dijo que acababa de salir de la cárcel y tenía que pasarle la pensión a sus hijos, que ya solo tomaba la metadona, y nos enseñó sus pinchazos en el brazo. Terminó siendo comprensivo, entendió que éramos niñas de quince años y se ofreció a protegernos si alguien se metía con nosotras. La fórmula mágica era decirles que J. el Rumano era amigo nuestro. Luego se fue con su cuñao, que daba más mal rollo que él (que en verdad daba bastante pena).
  1. Volver en taxi con dos españoles y un chino gays, recién conocidos en las escaleras de un bar de Sanlitun, específicamente uno de los bares del edificio de Kokomo. Les había saludado por oírles hablar español y tuve suerte de encontrarme con ellos una vez perdidos de vista a los que iban conmigo. Resultó que hasta teníamos amigos en común. Ambos me agregaron a Wechat, y debí de resultarles una borracha simpática, porque los dos me escribieron al día siguiente para ver si estaba mejor.
  1. La caterva de irlandeses borrachos y fumados del día que terminamos los exámenes en mi año Erasmus, y que aparecieron dos horas tarde a la fiesta que dábamos en nuestra casa. Se ofrecieron a enseñarnos sus pezones a cambio de ver los nuestros, y mientras tratábamos de conducirlos por la calle hasta nuestra casa, se volvían entre chistes y nos pasaban la mano por la cara al son de “Shhhhhhh! It’s coooool, relax!”. También rompieron la barandilla de las escaleras, mearon en el jardín, se bebieron todo lo que está escrito, intentaron usar el rellano de las escaleras de un metro cuadrado para follar y terminaron dormidos en el sofá de tres plazas (al menos cuatro de ellos) de lo que quedaba de mi salón.
  1. Asustar a un borracho, haciendo que hablaba de mentirijilla por teléfono a la vuelta de una fiesta, en una avenida junto a una de las catedrales de Dublín. Sucedió porque una amiga que estaba de visita se puso histérica al ver que el tipo caminaba a nuestro lado y mi compañera de piso ya estaba cansadísima de que siguiera hablándonos aunque pasáramos de él. Mi técnica fue fingir que recibía una llamada y decir alto y claro al teléfono apagado “Hola cariño, ¿qué tal? ¿Qué están David y los otros cuatro en la siguiente esquina, esperándonos para ir a casa? Genial, ahora nos vemos”. Desapareció antes de que “colgara” el móvil.
  1. El diplomático indio de cuarenta y muchos que conocí con una compañera de clase en una librería-pub. Nos hablaba de espiritualidad, de que tenía contactos en la ONU, de que metió a gente en la ONU pero él se fue porque le amargaban, y en resumen, del camino hacia la vida feliz. Pero él estaba más solo que la una, hablando con nosotras a las dos de la mañana en una librería hípster llena de treintañeros, cuarentones y otros personajes pretenciosos, que bebían cerveza cara después de una fiesta por un libro. El tío se pasó la siguiente semana preguntando si podía acoplarse a nuestras fiestas de universitarios, o fardando de los sitios a los que iba, y nos llamaba aburridas por no quedar con él, o trataba de sonar guay, pero era muy patético.
  1. Ir en moto algo perjudicada (de paquete, no conduciendo) por los Hutones con un tío amigo de mis amigos al que acababa de conocer en una fiesta en la piscina y se ofreció a llevarme. Asumo que él no iba fino del todo, porque no nos la pegamos ni nada. Le hacía una gracia enorme que me hiciera tanta gracia ir en moto y que estuviera tan borracha. A mí me giraba el mundo y veía las bicis de mis amigos pasar, y los coches y los autobuses que pasaban súper cerca, pero no estaba en estado de que me importara. Era la primera vez que iba en moto de día (y borracha).
  1. Subirnos 6 a un coche, véase mi amiga alemana y sus compañeros de piso españoles que llevaban toda la tarde bebiendo. Obviamente, el conductor iba borracho, y nos dimos cuenta en cuanto nos vimos sentadas en las rodillas de aquellos tíos en el asiento de atrás y al conductor hablando con boca pastosa. Pasó lo que temíamos al poco de temerlo. Al tomar una rotonda, el coche se dio contra unos taxis, oportunamente aparcados en la curva, y nos dimos un cabezazo los cuatro de atrás. El coche se escacharró lo justo para no tirar hasta la discoteca a la que íbamos. A la que llegamos sin problema andando, al tiempo que nos dábamos cuenta hasta qué punto habíamos sido idiotas al subirnos con ellos al coche.
  1. Ignorar el conflicto de las dos coreas (en mi ignorancia) y sugerir a dos compañeras de clase que hablaran en su idioma porque no entendían una palabra en chino. Una de las dos coreanas (creo que la de corea del norte, aunque no me acuerdo) entendió la palabra y se la terminó diciendo a la otra en coreano tras mi elocuente argumento de: “¿Pero no habláis el mismo idioma? ¿Por qué no se lo dices?”, totalmente ajeno a que para los norcoreanos esté prohibido hablar con surcoreanos, y los surcoreanos pasan también de hablar a los norcoreanos, porque piensan que están pirados. Al final se entendió la palabra y seguimos adelante con la presentación en chino que estábamos preparando.
  1. Las copas de vino que me regaló el surcoreano a modo de agradecimiento por confesarle mi atracción hacia él; y la despedida en la puerta de mi dormitorio, con el Shushu (aka. El portero de mi residencia), que nada ajeno a la tensión sentimental que había en el ambiente, y algo posesivo (me solía decir, cuando salía a la calle arreglada por las noches, “¿y cómo estás tan guapa hoy?”), empezó con “¿Quién es ese chico? ¿Es tu novio?” y yo “No, Shushu, es un chico y es mi amigo” “¿Y de dónde es?” “Surcoreano” “¡Ah, pues es un guaperas surcoreano!”, y yo riéndome al ver que el “guaperas surcoreano” hacía aspavientos como si se llevara un teléfono al oído y movía los labios para decir “¡Llámame! ¡Llámame!, ¿vale?”
  1. A la salida del hospital por una de las múltiples pruebas que me hice para pasar el control médico de la aerolínea, me paré por primera vez a comprar una deliciosa jianbing (un crepe de huevo y pan frito con salsas) por tan solo cuatro yuanes y medio, e inicié una conversación con la mujer que hacía el jianbing y con una madre que pasaba con su hijo. Ambas me dijeron que hablaba chino muy bien, y llevó a que tanto ellas como el guarda del edificio, el marido de la que hacía jianbing y algunos conductores de Tuctuc de la zona se pusieran a preguntarme mi edad, nacionalidad, estado civil, ocupación, idiomas y opinión sobre Pekín, hasta que un conductor especialmente intenso insistió en que me podía llevar a probar auténticos aperitivos típicamente Pekineses en el restaurante de un amigo suyo. Yo decliné educadamente, y busqué apoyo al ver que insistía. Entonces me topé con los ojillos divertidos de los espectadores, mientras él insistía en saber cuál era mi horóscopo. Entonces, la mujer que hacía los jianbing me sacó de mi confusión asegurando que lo preguntaba porque quería salir conmigo, y necesitaba saber si nuestros horóscopos eran compatibles. Cuando le dije que mi horóscopo era el caballo, se quedó contrariado, negando, y dijo que no, que eso no era bueno, que mejor era el pollo o la cabra. Así, como si el año en el que nací fuese algo que se pudiese cambiar, dando a entender que yo, una extranjera que no entiende la cultura china, tiene que acomodarse a él.
  1. Conversaciones dobles muy distintas en español e inglés con unos amigos. Ella estaba profundamente enamorada de su maravilloso primer novio serio, que además era extranjero, y hablaba del piso que iban a alquilar, y del anillo que le había regalado, y del trabajo que habían encontrado para él sus padres, que le consideraban ya “parte de la familia”. Él por su parte me decía que estaba bien con ella, pero que se iba a ir a aprender el idioma y a captar informáticos para su empresa al país vecino; que ni modo se casaba con ella, por mucho que le insistiera toda su familia, que ella no era suficientemente aventurera (aquí me preguntaba mi opinión, si me parecía que podría ser más aventurera), y negaba piso, anillo o futuro una vez ella lograra su sueño de irse al extranjero a estudiar. Luego ella le recriminaba que habláramos en español, que ella quería aprender; él me decía en español que no le iba a enseñar, que prefería que no entendiera, y entonces sí le hacía caso, le daba de comer de algo que hubiera sobre la mesa que a ella le gustara, le daba un beso y le decía “yo sí que te conozco y sé lo que te gusta, bebé”, a lo que ella, enternecida, contestaba con un “te amo, mi bebecito” en español ortopédico.
  1. El periodista de guerra que nos contó sobre su nacimiento en un avión, por lo que se consideraba ciudadano del mundo, y sus múltiples cicatrices de numerosos conflictos de oriente medio en el Mc Donalds de Dublín, a las cinco de la mañana. A lo que mi sabia compañera de piso dijo “este se ha caído mucho con la bici”.
  1. El taxista que nos llevó a la fiesta Jagger, y que presenció cómo me ponía a cantar a grito pelao en chino, en mi embriaguez previa a la fiesta. Cuando mi amiga me intentó hacer callar y le pidió disculpas, explicando mis cuatro cubatas, contestó un sentido “no por dios, dejadla cantar, es lo más interesante que me ha pasado en toda la noche”.
  1. Los niños que nos pusieron a dar vueltas porque sí a mi primo y a mí como peonzas una noche en el parque infantil de un restaurante, cuando tontos de nosotros nos subimos al carrusel tras sentir la presencia amenazante de cuatro niños desconocidos. Tras tenernos dando vueltas lo que me pareció un cuarto de hora, se cansaron, a lo que, reuniendo toda nuestra dignidad, nos bajamos diciendo “pues que divertido ha sido, no me he mareado ni nada”, y nos tambaleamos de vuelta adentro, donde estaban nuestros padres cenando. Sus caras de pánico cada vez que nos veían acercarnos a nuestros padres en la cena durante aquella noche no tuvo precio, pero nosotros no nos chivamos.
  1. El momento del voluntariado, cuando tras tres semanas sin dormir, sin comer comida normal e incluso sin cagar bien, en la que terminamos por compartir con los otros voluntarios hasta la pequeña victoria de lograr ir a un baño que escupía cucarachas, admitimos poco a poco que ante la escasez de hombres de veintitantos-veintimuchos años que estuvieran de buen ver (y más aún, que al ser también voluntarios ya habíamos traspasado con ellos barreas de la familiaridad que nada tenían de excitantes), todas habíamos girado nuestras miradas avergonzadas a los chavales adolescentes de 17 y 18 años, algunos de ellos de muy buen ver y un brillante futuro ante si en cuanto a guapos, y nos avergonzamos pero nos lo confesamos igual, sintiéndonos aliviadas al instante, y descubriendo que casi todas lo habíamos pensado.
  1. Los nenes autistas del que tal vez fuera el único centro de cuidado de niños con esa enfermedad en Pekín, en el que pasamos un día para el recuerdo y nos enfrentamos al enorme reto de ver un problema sin solución alguna. Pero nos sobrepusimos como pudimos en nuestra indignación, mitad por la desinformación, mitad por la impotencia, y pintamos con los dedos, seguimos rascando el pie del niño que insistía en que le picaba y jugamos con ellos a la pelota como quisieron. Al marcharnos, un niño que quería abrazos vino corriendo hacia mi gritando “abrazooo”, con suerte de que topó con quien hablaba chino, e instintivamente le agarré y le levanté por los aires, y ahí que me lo llevé colgado del cuello hasta que un cuidador vino a descolgármelo y me salvó de quedar como una enclenque porque no podía con él. Entonces, el que tenía ya sus buenos quince o dieciséis y enganchaba a las chicas de la mano y se las llevaba sin soltarlas a caminar por el patio, me enganchó a mí, que tranquila me fui caminando casi en círculos con él hasta que otro cuidador lo convenció para soltarme. Y espero que mi sonrisa de aquel día fuera tan sincera como yo la sentía, aunque a ratos tenía que recordarme que había que mantener la calma y que lo importante era que pasaran un buen día. Aunque lo mejor del día vino gracias a la inventiva del chico nepalí, que los hizo bailar y participar por primera vez en una actividad motu proprio, por lo que los padres de aquellos niños nos dieron las gracias. Comprendimos que no estábamos allí para animar a los niños, ni curarlos, ni enseñarles nada, ni tampoco sólo para dar una muy necesaria publicidad al centro, que apenas se mantiene con donaciones privadas de padres y alguna ayuda municipal; sino que estábamos allí para animar a aquellos padres que, en un país con pocas ayudas sociales (ironías aparte), habían decidido dar una oportunidad a sus hijos en vez de arrumbarlos en una esquina o atarlos a una silla hasta que fueran viejos.
  1. La amiga que te contaba sus sueños eróticos relacionados con la necrofilia como si nada, mientras tú te estabas quitando todavía las legañas de las siete de la mañana, camino del instituto. No entro en detalles, pero por aquella época decidió que quería ser médico forense, y ahí está, peleando por sacarse la carrera, aunque en los cinco años que hace que no hablamos no he podido confirmar si aún quiere hacer esa especialidad (ni cuáles son sus actuales motivaciones).
  1. El desayuno con los chicos chinos que mi amiga había conocido en el gimnasio al que íbamos, tras una noche de fiesta en Kokomo en la que aparecieron tarde y rodeados de chicas, y la conversación que giró en torno a la prometida de uno de ellos durante el desayuno. Era el chico que le gustaba a mi amiga y era el que había insistido en quedar aquel día. Al parecer vivía con su novia, y ella le presionaba mucho para todo. Ahora están casados.
  1. La devoción de las niñas de Sunny Village, una entidad pionera en China que recoge a los hijos de los convictos y les da hogar y educación pagada hasta que alcanzan la mayoría de edad o hasta que sus padres cumplen su condena y se reinsertan. Eran tres, la más pequeña, descarada y respondona, hacía lo que le daba la gana por mucho que la otra, la más tierna y que más sincera me parecía, intentaba hacerle entender que tenía que tratar bien a los demás y portarse bien y respetarnos a las Jiejies (mi amiga inglesa que filmó allí un documental, su amiga china y yo). Cuando se cansaba de pelearse con ella y yo lograba distraer su atención de la niña, al tiempo que seguíamos recogiendo chiles en la huerta de Sunny Village con los demás niños (estos se entretenían escalando a los tejadillos y usando las paredes de plástico curvas del invernadero como tobogán), entonces repetía las lecciones de inglés de su cole para enseñarme que ella también hablaba idiomas, y decía muy orgullosa a quien quisiera oírle que su nueva amiga Jiejie hablaba tres idiomas, y que además leía y entendía chino. La tercera, una niña alegre y entusiasta, ajena a la lucha de poderes de las otras dos, con más afán de lucirse que de mostrar reconocimiento, repetía las lecciones de inglés siguiendo el juego de la otra, y contaba a quien quisiera oírle que en su provincia, su familia tenía un jardín que daba fruta todo el año, y hacía una lista de sus exóticas frutas de la que yo sólo entendía melones, sandías y melocotones.
  1. El día que, tras perder una apuesta de mierda sobre un juego de la Nintendo 64, me puse a echar gravilla del patio de Traductores en frente de la puerta principal, gritando lamentos por “el bueno de Timmy”, con la suerte de que el personaje más personaje de la facultad se me unió y me ayudó a pasar con mejor humor el tema, ya que hasta nos divertimos y generamos una buena multitud de curiosos, mientras mi amigo negaba y se alejaba del espectáculo. Claramente no volvimos a quedar ni a apostar nada.
  1. El día épico que nos fuimos de fiesta con el profesor de traducción de chino. Empezamos bien con la cena en un restaurante chino, luego fuimos a la chupitería 69 porque él nunca había ido (o eso decía) pero la mencionaba mucho en sus clases. Insistió en que teníamos que ponernos un casco de moto, tomarnos el chupito y luego estrellar la cabeza contra la pared, que así bebían en su época en Pekín. Después lo llevamos a los porrones, insistió en que camináramos sobre los coches porque las calles le agobiaban (aunque no le dejamos), nos leyó a todos el futuro sentimental (a mí me dijo que estaría mucho tiempo sola pero feliz, y a una amiga que iba a casarse y a tener tres hijos, y ante su enfado, le aseguró que iba a querer mucho a su marido y a su familia, rompiéndole los esquemas feministas y cabreándola aún más). Como se había dejado la cartera en casa, quería que subiéramos bailando la danza del vientre hasta su dormitorio, por si su mujer se despertaba que pensara que se trataba de un sueño, y la recuperáramos. Finalmente acabamos en un parque, bebiéndonos todos los licores que él tenía por su casa, y pasándonos un espetec, mientras él planeaba ir a recoger un coche de alquiler y llevarnos a todos a la playa. Cuando se nos pasó la mierda y volvimos en sí, nos fuimos a dormir a casa.
  1. Y por último, otra de niños. Me ha costado decidirme en esta, pero allá va: el niño de tres años poseído por el espíritu de Confucio, que en medio de una clase de inglés, me interrumpió para decir “¡Profe! ¡Nosotros venimos a clase para aprender cosas y ser más sabios! ¿A que si?”. Yo le contesté que sí, intentando retomar el hilo de la clase, y su compañero de pupitre al poco le dijo que se callara. Entones, ni corto ni perezoso, el niño (que tenía una cara muy tierna pero un poco triste siempre) lo señala y me dice: “Este es mi queridísimo amigo, X”. En anteriores ocasiones, el mismo niño había parado la clase para ponerse en pie y declarar “Profesora, yo no soy feliz” de forma totalmente solemne, tanto que el otro profesor y yo nos quedamos sin saber qué decir.

Marián

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