IV. Las 100 muertes de Rid Blake

carbon

Ambos tenían cejas, pestañas y párpados cubiertos de hollín. Es normal entre los trabajadores del fuelle. El anciano, con sus labios resecos y agrietados, sonríe sus tres dientes negros y mastica la papilla que les llevamos para desayunar, sin parar de contar historias y chistes de su época como soldado. El más joven apenas me mira, barba hundida en su cuello, una cuchara que aparece y desaparece en tres poderosos movimientos, y me devuelve el cuenco con rapidez, reanudando su trabajo.

A pesar de que siempre mantiene la cabeza baja y conozco mejor el nacimiento de su pelo en remolino que su rostro, he podido observar que la barba ya comienza a unírsele con el pelo del pecho. El ceño siempre fruncido. Y antes de que llegue a los veinticinco comenzará a perder los dientes. Aquí todos los hombres envejecen de la misma forma. O quizás debiera decir que evolucionan de la misma forma; porque los niños parecen nacer ya viejos. Es como si el aire de nuestra fragua, El Fuelle, se te metiese en los pulmones con la primera inhalación al nacer, y ya estuviésemos destinados a consumirnos para siempre. De la peor manera.

          Todos los días abuelo y nieto vienen a la cantina. Desde hace muchos años ya. La abuela dice que lo que le pasa a Ed Blake es que le gusto. Siempre he pensado que lo decía para tomarme el pelo, de la misma forma que se ríe de cómo se me encrespa el pelo en los días húmedos.

          –Pues yo creo que le caigo mal, abuela. ¿Cómo le voy a gustar a alguien que ni me mira?

          Y ella se sonreía, como si hubiese algo que entender que a mí se me escapaba. Ahora he comenzado a darme cuenta de que no hace falta mirar a alguien para ser consciente de su presencia.

          El final de la jornada, y de un día más de la rutina, trajo a nuestras largas mesas de madera y nuestras banquetas de tres patas el desfile de caras negras y ojos cansados. Les obligábamos a lavarse las manos antes de entrar. De los diez a los quince años, la abuela me obligó a ser yo la que esperase en la puerta y recordase a cada hombre que debía lavarse las manos y la cara antes de sentarse a comer. Porque le había dicho con asco que todos eran unos brutos sucios.

          –Ninguna nieta mía mirará a esos hombres por encima del hombro, ¿oíste? –me dijo en voz baja, que era su forma más certera de echarme rapapolvos y hacerme sentirme avergonzada– Tú abuelo y tu padre entraron muchas noches por esa puerta.

          Me dijo que algún día vería de otra manera lo que se ocultaba bajo todo ese hollín. Pero que, hasta entonces, el mejor baño de humildad sería vigilar que ellos se lavasen. Y mirarlos a los ojos uno a uno, todas las noches.

          Aquella noche Rid Blake y su nieto Ed fueron de los últimos en irse. El viejo había bebido más ginebra que de costumbre y volvía a contar su gran aventura fuera de las montañas. Rid Blake era la persona de más edad allí. Mientras que la generación de mis padres estaba prácticamente extinta por la epidemia de cólera, Blake había sobrevivido a ella y fue el único superviviente de la Brigada de los Cincuenta.

          –Al cumplir dieciséis años, el viejo Emperador nos enviaba a cruzar el Gran Río. Uno no era hombre hasta haber matado cien hombres. Cincuenta muchachos salimos de este pueblo y solo volví yo.

          –Pero, señor Rid, y si un chico no mataba a cien hombres, ¿qué hacía?

          Toda la cantina se giró hacia el muchacho que interrumpió la historia, mirándolo con desprecio. Qué insolente, masculló alguno por lo bajo.

          Rid Blake comenzó a levantarse la camisa con torpeza, sin dejar de mirar fijamente al chico. Contemplé sobrecogida las marcas de su pecho. Las había visto mil noches más, pero nunca dejarían de estremecerme.

          –Por cada muerto, un clavo de la fragua bajo la piel–escupió el viejo–. Si no ibas a usar los cien clavos, muchacho…no te molestases en volver.

          Se hizo el silencio, que sólo rompió Blake alzando el vaso hacia mí para pedir más ginebra. Ed me lanzó una mirada circunspecta, haciéndome una petición muda, y yo dejé el vaso medio lleno.

          –¿Se acuerda de los cien, Rid? –preguntó alguien.

          –Por supuesto, joven. Uno ha que tenerle respeto a la muerte.

          La abuela suspiró a mi lado y se fue a la cocina a comenzar a lavar los platos. Sabía lo que se avecinaba.

          –Cardo el Verdugo, el pescador, los soldados gemelos…

          Con cada nombre, fui observando las caras de todos los presentes. Unos tenían miedo de Rid, la gran mayoría lo miraban con admiración, y su nieto tenía la cara hundida en la camisa. Muy pocos recordaban que rendían pleitesía a un asesino, al hijo de un régimen que consideraba a un chico hombre cuando se había manchado las manos de sangre. Ni todo el hollín del Fuelle lograría ocultarme esa verdad de los ojos.

          –…y el asesino cobarde de Billy Han.

          Todos allí sabíamos que Billy Han había sido su mejor amigo, con el que había partido del Fuelle. Lo había contado muchas veces, y aquella noche no lo repitió. Le tembló la voz ligeramente y volvió a levantar el vaso. Fui hacia allí lentamente, percibiendo como los hombres comenzaban a irse.

          –Abuelo, creo que éste debería ser el último –masculló por lo bajo Ed.

          –Será el último –aseguró Rid.

          Me miró a los ojos y mostró sus tres dientes renegridos.

          –Cati, bonita. ¿Cuántos años tienes ya?

          –Diecisiete.

          Se rió con desgana, acercándome el vaso.

          –En menos de un año tendrás al chamán rondándote para organizar boda.

          No me esperaba aquel comentario y me tembló ligeramente la mano.

          –Así que ya ha estado rondando, ¿eh? Es un zorro listo. Pero tú también eres una chica lista. Escoge tú antes de que escoja él.

          –Sí, señor –susurré, tremendamente avergonzada.

          Menos de una hora después, Ed arrastraba a su abuelo fuera de la cantina, mientras él rezongaba incoherencias sobre que matar no hace a alguien dejar de ser un cobarde.

          –¿Se han ido todos ya? –preguntó mi abuela, con voz desfallecida.

          –Sí, abuela. Por fin.

          –Pues sube las banquetas a las mesas y vete a casa para encender la cocina de carbón. Yo no tardaré en llegar.

          De camino a casa, pensé mucho en las palabras de Rid Blake. A los trece años me alimentaba el pensamiento de querer salir de allí, pero ahora no lograba verlo tan claro. Cuando ya casi estaba en la puerta oí un grito desgarrador. Unas cuantas puertas se abrieron casi al unísono, y mientras los vecinos comenzaban a salir a las calles, corrí en dirección al aullido. Mientras subía la cuesta, me di cuenta de que todo el mundo se movía en dirección a la casa de Rid Blake. No fui la primera en llegar, pero sí la primera en cruzar el radio de cinco metros alrededor de un Ed Blake lleno de sangre, que nadie parecía atreverse a cruzar. Me dejó sin aire toda aquella sangre.

          Él no apartaba sus ojos de los míos, y me acerqué despacio.

          –Ed, ¿qué ha pasado?

          –El abuelo…oí un ruido y cuando entré…–soltó un sollozo y cerró los ojos con fuerza– se había clavado un cuchillo en la barriga.

          –¡Llamad al doctor Jonas! –gritó alguien.

          –Es tarde ya –me susurró Ed, llorando.

          Yo, que había pertenecido como él a esa generación de niños criados por sus abuelos, sentí una pena inmensa y me acerqué hasta que sentí sus bocanadas de aire sobre la frente. Y le abracé mientras le limpiaba el rostro de hollín con sus propias lágrimas.

          –Me dijo que faltaba el último clavo, Cati –lloró–. No entiendo nada.

          Ninguno de los dos sabíamos que Billy Han y Rid Blake habían sido dos muchachos aterrorizados que habían salido de aquel pueblo con un par de cuchillos y cien clavos a la espalda. Y que tras dos meses de supervivencia penosa y ninguna muerte, se habían metido el uno al otro cien clavos bajo la piel.

          –Este dolor tiene que ser como morirse –le había dicho Billy Han a su amigo durante una de las fiebres provocadas por las infecciones de las heridas en la piel.

          –¿Cómo vamos a volver, Billy?

          –Lo que ha pasado aquí, nunca ha sucedido –le susurró Han, señalando el refugio de pastores donde se ocultaban–. Vete inventando cien nombres.

          Con ese pacto se pusieron en camino para regresar. Y, al llegar al paso de montaña que quedaba a veinte kilómetros del pueblo, Rid Blake golpeó a su amigo y lo ahogó con sus propias manos. Mirándolo a los ojos para recordar toda su vida que una muerte puede pesar tanto como cien en una conciencia.

Irma

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