IV. Encalar y no hacer preguntas

Encalaban las casas cuando algo sucedía dentro. Generalmente era alguna enfermedad, pero nadie se acercaba a menos de diez metros para descubrirlo. Era un pueblo de casas bajas, silencios a mediodía y llantos de mujeres cuando la tarde acaba.

Recuerdo cuando una mañana llegaron unos hombres a mi casa. Yo entonces era muy pequeña para entender el porqué, pero venían a encalar mi casa. Tras las paredes nos quedamos mi madre, mis dos hermanas mayores y yo. Mi padre y mi hermano pequeño se habían ido aquella mañana. Entre llantos y gritos, unos hombres vestidos de negro encajaron puertas y ventanas, dejando únicamente una ventana sin cubrir de polvo blanco, pero tampoco abierta una vez salieron por ella y la cubrieron por fuera.

Mis hermanas tenían doce y catorce años, y yo apenas unos siete. Mi madre les dijo de pronto que dejaran de llorar, que sólo sería por unos días, y nos apresuró a traer todos los candelabros que había en la casa. Antes de que cayera la noche, cubriendo cada rejilla y rendija a las que la cal no hubiera llegado, debíamos procurarnos luz.

Así comenzó todo.

Mamá no nos dejó parar ni un momento. En cuanto la ventana estuvo sellada y dejamos de oír las voces de los hombres, mandó a mis hermanas a por todos los candelabros de la casa, y a mí al salón, donde guardamos las velas. Apenas se veía nada, el sol de la tarde colándose por las rendijas de la cal lo suficiente para distinguir algo. En el comedor teníamos los candelabros de la mesa, y estuvieron encendidos en un santiamén con las cerillas que mi madre llevaba siempre encima.

A la luz de las velas, mi madre nos mandó a las tres que nos sentáramos en la mesa. Ante todo, no quería oírnos ni vernos llorar. Ni una lágrima. Si nos oía nos daría una bofetada, y si seguíamos, nos daría otra y otra hasta que nos calláramos.

Nos mandó a mí y a mi hermana mediana, Candela, hacer acopio de cojines y de mantas del armario de la ropa blanca y llevarlas al salón, mientras ella y mi hermana mayor, Luz, iban a la despensa a hacer recuento de la comida que teníamos. Cuando volvieron de la despensa, traían rostros tensos, pero no dijeron nada. Luz y Candela, mayores que yo y más unidas, apenas intercambiaron una mirada, secreta para mis ojos de niña, pero no dijeron una palabra.

A pesar de mis 7 años, yo me enteraba de las cosas. La casa llevaba varios días en tensión. A mí me picaban muchísimo los brazos, tanto que habían sacado a mi hermanito de nuestra habitación y tenía que dormirme sola por las noches. Candela también se rascaba la cabeza repleta de tirabuzones con insistencia. Luz no tenía ningún síntoma de la comezón, por lo que estuvo durmiendo separada de nosotras. Pero cuando los hombres vinieron a encalar, por mucho que ella gritó y llamó a papá, no quisieron sacarla de la casa. La convalecencia era para todas las mujeres, decían. Mi padre no insistió, como tampoco insistió con los demás, y él y mi hermano la dejaron con nosotras.

Dos noches antes, yo había estado jugando sola a los médicos con mis vendas, cuando mi hermanito entró en la habitación. Quería jugar conmigo, y se las había ingeniado para dar esquinazo a mi madre. Yo también quería jugar con él, pero como había oído los gritos de mis padres y me habían mandado que me quedase en el cuarto sola, le dije que no podíamos jugar, que yo estaba enferma y se lo podía pegar. Él no entendía lo que era estar enfermo, y la verdad es que entonces yo tampoco lo tenía muy claro. Las vendas eran un divertido juguete, aunque la comezón no tenía nada de divertido, y por eso insistí y aparté a mi hermanito, que pensaba que era parte del juego. Ya iba a llamar a mi madre cuando mi hermanito se enfadó y le dio una perreta muy apasionada y delatora

–Pero Nina, ¡yo quiero jugar contigo! –empezó a gritar él al tiempo que lloraba, sorbiéndose los mocos.

–Mamá y papá han dicho que NO –insistí yo.

La palabra no era mágica con mi hermanito. Él se había echado a llorar a voz en grito, con lo que mi madre lo oyó sin problemas, y la escuché correr escaleras arriba, probablemente preguntándose cuándo le había perdido de vista. Pero mientras él lloraba y trataba de asirme de la ropa para que le hiciera caso, yo vi que se rascaba de tanto en tanto la pierna regordeta, y tenía puntitos rojos allí a donde iba la mano a rascar.

Pero entonces, mamá vino a llevárselo, y ya no le volví a ver hasta que salió de la casa, antes de que encalaran. Me pregunté por qué a él se lo llevaban y a nosotras no, incluso creo que grité que él también tenía pupas en la pierna. Pero mi grito se perdió entre los de mis hermanas y el estrépito de los encaladores.

Con las velas y apenas un vaso de agua, las cuatro nos sentamos a la mesa del comedor. Y nos sentamos. Y seguimos sentadas. La boca se nos secaba, pero el agua no tardó en acabarse, y mi madre se negó a darnos más de beber, así que nos tuvimos que aguantar. La piel nos picaba, pero si hacíamos ademán de rascarnos, mi madre nos fulminaba con la mirada y nos daba un manotazo.

Pasaron las horas, y como yo era la más pequeña, fui la primera en quedarme dormida. Desperté mucho después en los cojines y mantas del salón. Me despertó el hambre y la sed. Mi madre vino y me dio un trozo de pan y un poco de leche. Y de vuelta a la mesa. Nos sentamos y estuvimos mucho tiempo sentadas. Mi hermana mayor mantenía el semblante imperturbable, como una estatua, al igual que mi madre. Candela parecía muy cansada, pero de tanto en tanto se rascaba la cabeza. Yo me movía, me rascaba con cuidado, oía rugir mi tripa. A ratos me dormía, pero siempre que me despertaba, veía los ojos de mi madre posados sobre mí.

Los días se solapaban, pero aguanté ese régimen durante tres días hasta que me entró una fiebre tan terrible que no podía estarme sentada de los temblores. Sentía que mis brazos estaban cubiertos de fuego, al igual que mi frente y mi rostro.

Cuando mi madre se dio cuenta de que me encontraba tan mal, se levantó de la mesa y vino hacia mí con una manta. Me rodeó con ella y me abrazó, me habló bajito al oído, con mucho cariño, y me ofreció un pastel y un vaso de leche. Cuando lo puso frente a mí, aunque era mi favorito y apenas había probado bocado esos días, no lo miré. Mi boca eran ascuas. La expresión de mi madre y de mis hermanas, que también estaban de pie, rodeando mi asiento, era muy extraña. No hablaban entre sí, no buscaban medicinas ni me decían cosas bonitas. Tan sólo me miraban en silencio.

Parecían aliviadas.

Entonces, picaron a la puerta.

El sonido taladró mi cabeza, embotada por la fiebre, y miré a la entrada del comedor, esperando que mi madre fuera a abrir. Sin embargo, ella caminó en dirección a la despensa, y al volver, la seguían dos personas cubiertas de telas blancas. Parecían monjas, o enfermeras incluso. Pensé que eran los médicos que habían venido a curarme, o quizás eso fue algo que Candela me susurró al oído para tranquilizarme.

Levantaron sin esfuerzo mi peso de la silla y me llevaron al piso de arriba. Yo llamé a mi madre, pero ella se quedó en la sala, con mis hermanas.

Arriba, aquellas personas llenaron la enorme bañera de un polvo blancuzco que traían con ellos, y lo mezclaron con agua. A mí me quitaron la ropa y me metieron en aquella agua. Nada más notarla contra mi piel, grité. Abrasaba como el fuego, como el ácido. Taparon mi boca para que no gritara, me hacían gestos y chistidos, pero aun así yo lloré y grité. Del piso de abajo empezaron a llegar también gritos y llantos, y pensé que era mi madre, que me había oído llorar y quería subir a ayudarme, pero algo no le dejaba. Pensé que aquellas personas debían de haberle mentido, que ella no quería que me metiesen en aquella bañera, y que vendría a sacarme de allí y a llevarme fuera de la casa con mi padre y mi hermano.

Siempre se preguntan qué sucede durante ese tiempo que la casa está encalada. Para los que están dentro, la esperanza de no ser los primeros en enfermar es vana. El tratamiento llega para todos. Yo, por suerte, pude contarlo. La cal quemó mi cuerpo, sí, y también lo curó.

Lo curó de las miradas que los padres no deben dar a sus hijas. Eso fue lo que me explicaron más tarde. Las vendas lo curaron de todas las demás miradas, que nadie debe dirigir a una persona desfigurada. Por desgracia, no hubo cura para mi madre y mis hermanas. Ellas comprendían demasiado. No hubo culpa tampoco, me repetían mis superioras cada vez que me despertaba llorando en medio de la noche. Las mujeres no tienen la culpa nunca, nos dicen.

Luego creces, y solo conoces el sanatorio, a las personas desfiguradas y a las niñas y niños que se despiertan con sus gritos y sus vendas en medio de la noche, en el laberinto de casas encaladas que se convierten en nuestros hogares. Y, cuando creces un poco más, conoces la fuente del dinero. Y, al igual que hicieron contigo, cierras el trato. Llamas a los encaladores. Los que no tienen culpa se quedan dentro, los que sí, se van fuera. Escoges al más joven, el primero en caer. Y te encargas de que los demás no cuenten que pecado se ha cometido para que hayan encalado su casa.

Marián

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s