V. Ikli

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Se corta la mano. Besa el corte, retiene la palma y bebe la mano. Aparta la mano de la boca ávida, temeroso de no poder abandonar de no hacerlo, y desciende por la tierra cubierta de nieve, la mirada fija en las luces a unos escasos kilómetros detrás de la muerta arboleda. No hay retorno posible por el momento: debe demostrarse al menos eso a sí mismo. Le atenazan las despedidas, por eso no ha formulado las palabras. Aparta su rostro, duro e implorante al mismo tiempo, de sus pensamientos y se concentra en el suelo helado, en los cabellos que se agitan ante sus ojos.

Retiene en las pupilas su figura de espaldas, alejándose. Siente una mezcla de orgullo y deseo, pero vence el orgullo. Aunque se sorprende al comprender que no es orgullo propio, sino por él. Se siente orgullosa de que le haya pertenecido.

Sin interés por verle desaparecer lentamente en el paisaje helado, deja que la partida le pertenezca sólo a él y da la vuelta sobre sus pasos, revueltos sobre la nieve donde le ha alcanzado. Se encamina hacia la lona bajo la cual aún arde un fuego, y sabe que alguien camina como un animal acorralado, de arriba abajo, barriendo la tierra sucia allí donde la nieve se ha derretido con los bajos de su capa. Al verla llegar, Eretha apenas detiene la mirada en ella, y no cesa en su caminar circular. Le escapan chasquidos y resoplidos de la boca y la nariz.

Los ojos de otro también se han percatado de la intranquilidad de Eretha, pero se alejan de ella y caminan de largo bajo la noche estrellada, deseándole a las estrellas que sigan de cerca los pasos del joven sobre la nieve. Arruga el rostro en una enigmática sonrisa cuyo motivo solo él o los cielos pueden comprender, y su corazón se libera para siempre de la preocupación por su hijo. Allá donde esté, estará caminando los pasos que debe dar, y eso está bien.

Las luces blanquecinas de la luna y las estrellas reflejadas sobre la nieve parecen destellos cristalinos, y ahora dan paso ante los maravillados ojos del joven a una luz cálida y ansiada, la de los faroles de gas de las calles. Calles que nunca ha recorrido él solo con anterioridad. Calles así, se dice, deberían ser todos los caminos. No como las embarradas en primavera y heladas en invierno que deja atrás en su aldea, y no como los traicioneros caminos que cruzan los campos y esconden ramas y placas de hielo resbaladizas. Calles como esa, barridas de polvo y piedras, firmes bajo la suela blanda de cuero desgastado de sus botas.

Los caminos han querido que ellos se unan y se separen, se repite Uli, no deseando compartir más la desesperanza de Eretha, quien no haya reposo en su propio caminar. Ella solo quiere recordarle como hoy, un hombre lleno de sueños y determinación, sin el brillo inocente de niño que todo lo ve por primera vez. Como a ella. Ahora, se repite al morderse la mano con fuerza, clavando los dientes en la palma carnosa para no gritar; ahora nadie volverá a recibir de él esa mirada. Sólo le pertenecerá a Uli, para siempre será de Uli la primera mirada del hombre y la última del niño. Se lleva una mano a los muslos, pero cae de rodillas en la entrada de polvo de su casa. La pérdida comienza a morderle los costados y siente frío en las pantorrillas, de modo que se acurruca en sus pieles y llora y grita contra la palma ensangrentada de su mano, el sabor metálico mezclado con el salado de sus lágrimas.

Eretha se calmará, se dice él. Su padre estará ya fumando junto al fuego del hogar, esperándola, esperándole con la calma con la que se espera el paso de las estaciones y el nacimiento de un hijo que aún crece en la barriga de su madre. La paciencia con la que se espera lo inevitable y se acepta según llega en las dosis que uno puede soportar. Eretha, sin embargo, es demasiado luchadora para apaciguar su alma de una manera tan completa. Ella necesitará el duelo y la rabia, la acción de sus piernas sosteniéndola sobre la tierra, y al mismo tiempo, curvará los labios en una rabiosa sonrisa, porque sabe que su hijo es un hombre y hoy por fin, andará como tal bajo las luces de un lugar desconocido.

No es su partida lo que la altera, se dice ella, apretando la empuñadura de la espada que lleva a la cintura. Es su decisión.

Ikli camina bajo las luces de una ciudad desconocida sin un acero en la mano ni una gota de sal en su lengua. Desea probar algo, tanto a sí mismo como a los que ha dejado atrás. Por lo tanto, pica en la primera puerta. Es una casa de madera, humilde y grisácea.

Pide pan y pide agua. Le dan un sorbo de agua que se pueden permitir y le niegan un pan que no se pueden permitir.

En la siguiente puerta, el ceño del joven se frunce, pero recuerda que ya no es un niño y debe mantener la calma. Pide pan y pide agua. Le dan un empujón y cierran la puerta frente a él.

Al final de la calle hay una taberna. Entra, y allí nadie se sorprende al ver a uno de los suyos caminando de noche por las calles, aunque si se preocupan. Pero lo que no esperan es la pregunta.

–¿Pan y agua? –replica el tabernero, deseando persignarse–. Por eso se paga en cobre, pero temo el puñal que escondas. ¿Por qué pides si me lo puedes quitar?

Ikli se esperaba un silogismo, pero no contesta, sino que repite su pregunta.

El tabernero le da lo que pide, buscando congraciarse. Ikli lo toma, bebe el agua y guarda el pan. Lo agradece, y se gira hacia el siguiente parroquiano, realizando la misma pregunta. Las cejas alcanzan el cielo. Unos acceden para evitar su ira, otros fruncen el ceño, y al principio todos dan lo que pide. Pero al ver que el joven va realmente desarmado, se niegan y le apartan, llamándole miserable, indigno. Ikli se levanta y les ofrece el pan que acaba de recoger.

–Tenlo tú, si más lo mereces.

El increpador calla, a medio camino entre la incredulidad y el enojo, pero Ikli no se detiene a argumentar. Sale de la taberna, dejando al parroquiano con media hogaza en la mano y un silencio incómodo.

Ikli continúa su deambular por las calles, pero ya no pica a las puertas. Es tarde. Se arrebuja en su capa, en una esquina desprovista de los cortantes vientos que azotan las calles, y cierra los ojos. Pero pasan horas hasta que su espíritu se templa en esa primera noche.

Los caminos están llenos de ríos y todos los ríos desembocan por un lado en el mar y por el otro en la montaña. Las calles no se diferencian demasiado de los ríos, y por tanto, seguirlas le lleva a través de muchos lugares, y finalmente al mar.

La sal que no ha probado en meses le azuza la lengua. Siente el salitre flotar a su alrededor, aliviando su sed, saciando su hambre. Los pasos se detienen frente al puerto, implorándole que tome una decisión. El vaivén de las olas se acompasa perfectamente con la forma de sus piernas y la anchura de sus hombros. Los barcos y sus ocupantes siempre necesitan un par de manos más. Es tan perfecto que retrocede, consciente de que eso es exactamente lo que se espera de él.

“No he abandonado mi nombre y mi hogar para encontrarme de nuevo con mis antepasados. He salido en busca de un nuevo camino”.

Se aleja del puerto con paso vacilante y el corazón pesado.

La figura acuclillada junto al muro hace que otro detenga su camino. Los ojos brillantes de curiosidad, mira de hito en hito al joven cubierto de pieles que se acurruca cuan niño, apretando las poderosas rodillas contra el pecho. Agita en torno al muchacho un bastón que suena como si miles de granos de arena se pelearan contra los costados de los barcos al arribar a la orilla. Ikli levanta la vista y se encuentra un rostro aguileño que le mira con una sonrisa burlesca, perfectamente curva.

El desconocido detiene el bastón en el aire, sin dejar de sonreír.

–Miras el mar como si fueras capaz de bebértelo de un trago –dice este por fin, la sonrisa estática.

Ikli no contesta, pero continúa mirándole a los ojos. El hombre se pasa una mano por la barba, y luego se frota la cara.

–¿Esperas a alguien, pero no quieres que llegue? –Ikli sacude la cabeza– Entonces, ¿quieres subir a un barco, pero no tienes suficientes monedas para el pasaje? ¿Deseas unirte a ellos, pero te asusta el mar?

Ikli niega de nuevo, obstinado.

El desconocido mira hacia atrás, soltando una carcajada, y con un movimiento rápido se sienta en el suelo junto a Ikli, la espalda contra el muro. Saca un odre de entre las capas de su abrigo y se lo tiende. Ikli no rechaza la oferta, y el alcohol sacude su boca y su nariz. A continuación, el desconocido le da un trago largo, y se limpia la boca con la manga.

–Cuando decidas si embarcarte o quedarte en tierra, búscame en la playa, junto al mercado de pescado.

El desconocido es un vagabundo que, como Ikli, un día abandonó su aldea y se echó a los caminos. Los motivos que le empujan no son los de Ikli, pero aquellos que han visto mundo se entienden con una mirada. Puede que empezaran a caminar por distintos motivos, pero el camino es el mismo.

Los mercados de pescado están llenos de gente que busca la frescura del mar de aquel día, de marineros que empujan las enormes cajas repletas de los regalos del mar, y de las almas de los peces que se extinguen en un silencio ensordecido por las voces de aquellos que buscan comprar su carne. Entre vendedores y clientes, marinos y mujeres, cocineros y regateadoras, los dos hombres destripan y lavan el pescado. Ikli no tiene práctica, pero aprende rápido, y su nuevo amigo es paciente en el arte de enseñar. Desde cómo abrir la tripa del pez de forma rápida y limpia hasta cómo saber si tiene el vientre repleto de huevas, el vagabundo es un pozo de saber en el mundo del mercado y mucho más. Tanto recita una poesía a los dioses del mar como explica los venenos del pescado espinado del acantilado.

Dice haber abandonado su nombre al dejar atrás el lugar que le vio nacer, pero el patrón le llama Nor. Nor tiene un acuerdo con el capataz, y ahora lo extiende a Ikli, de que los pescados menos apetecibles que no compra nadie se los puede quedar al final del día. Cuando se dispersa la multitud y apunta las brumas de la noche, encienden una modesta hoguera y asan los peces en la playa.

Nor habla mucho e Ikli poco. Esta vez, Ikli no rechaza la carne salada, ni el vino que Nor guarda en uno de sus zurrones. Ahíto y con los músculos cansados por el trabajo, Ikli se deja caer en un sopor frente al fuego mientras Nor canta a los dioses.

Nor se convierte en su guía, amigo y maestro. Canta en las tabernas en las que Ikli observa en lugares apartados. Limpia el pescado en el mercado. Ayuda a reparar las redes en la playa. Carga aperos de barco hasta el puerto. Yace con pescaderas y muchachas de las tabernas, cuando ha reunido suficiente dinero. Ikli le acompaña si bien no en todo le imita. Beben aguardiente junto al fuego, con el estómago más o menos lleno de peces, y a veces cantan, a veces bailan, a veces yacen con mujeres y otras, juntos. Su mutua compañía se desliza sin prisa durante la primavera y el comienzo del verano hasta que Nor se despierta un día con el olor de los vientos de cambio y retoma su camino. Ikli no le acompaña. Sabe que su propio camino discurre en una dirección diferente. Nor, superviviente del mar, quiere subir una montaña. Ikli le ve partir por el camino, bamboleándose bajo el peso oculto de odres y comida en su enorme abrigo.

Ikli ha dudado durante dos estaciones, y se plantea que, si él no logra decidir, algo lo hará. Toma una moneda que ha encontrado, se planta en medio de una calle, y la lanza al aire. La moneda gira y gira, elevándose. Él podría verla caer y rodar al muelle, donde la seguiría hasta el primer hombre o mujer, negocio o barco, y así atarse a su destino. O la moneda podría colarse en la ventana de alguna casa, donde picaría a la puerta y ofrecería su vida, fueran los moradores humildes, ricos, ladrones, taberneros o eruditos. Y si cae en un carro, lo seguirá allá a donde lleve. Y si cae en un bolsillo, protegerá el bolsillo que el destino ha escogido.

Y así que la moneda gira y se eleva, gira y cae, rueda por las rendijas de los adoquines y lanza a Ikli por en medio de la carretera, tras su busca.

Pero al mismo tiempo que su moneda, por los adoquines cruzan las ruedas de un carro que se interpone en su camino y le obliga a detenerse de manera brusca. La montura se encabrita. Un “so” la calma, y el conductor pone la mirada en Ikli, que busca sin éxito la moneda entre las ruedas del carro.

–Joven, ¿por qué te cruzas de esta manera con mi carro? ¿Es que no te importa perder la vida bajo los cascos de un caballo?

–Hay algo más importante, señor –replica un Ikli aún distraído.

El hombre en el carro mira a Ikli con extrañeza.

–¿Y qué es? –pregunta.

Ikli levanta la mirada, y hace visera con los ojos para enfocar el perfil de su interlocutor. Ropas oscuras, sombrero y capa, un carro tirado por un robusto caballo.

–Seguir al destino, señor.

Este se quita el sombrero, raído, y deja ver una calva. Da una palmada al robusto caballo, que lleva largos días de trabajo en el campo a sus espaldas, y tiende la mano a Ikli.

–Pues diría que el destino te ha encontrado. Sube, hijo. Acompáñame al mercado de la ciudad, y te pagaré por tu ayuda.

Ikli duda. Duda si el señor del carro es un hombre demasiado confiado o demasiado astuto para ver que él no supone ningún peligro. Pero si lanzar la moneda era el método para despejar las dudas, y este es el camino escogido entre la miríada de posibilidades, no le queda otra que tomar la mano y botar al ritmo de las piedras del camino que chocan contra las ruedas de hierro.

El mercado acoge el grano y las hortalizas con modestia, y la miel y las compotas con avidez. El señor recoge el dinero y lo guarda con cuidado, ya que no es todo único fruto de su trabajo, sino que debe volver para aliviar a más de una familia. Ikli acepta una comida caliente y una cerveza negra, pero no el cobre. El señor apenas le mira, pero está tranquilo.

–¿Vendrás conmigo a ayudar en mi granja? Te puedo ofrecer una cama y dos comidas calientes al día. Somos gente humilde. El trabajo es cansado.

–¿Y la vista? –pregunta Ikli.

–Mientras te quede, será como ver el atardecer del sexto día, tras el cual Dios descansó.

Ikli no conocía bien la historia ni al dios del que habla el mercader, pero al llegar a su destino, comprendió el significado: el mar, inmenso y salvaje, rugía desde la cala cercana, y se veía al otro lado de la ventana. En el campo, se olía en todo momento, y los animales se sentían calmos rodeados de su llamada.

*          *          *

¡Quien supo o sabrá de las colinas nevadas! Están muriendo ante los ojos de sus hijos, y la hierba no viene a reclamar su lugar. ¡Quién supo de los renos, de los conejos, de los zorros y de los pinzones! Se han ido, y nos han dejado aquí.

Se habla de Ikli. Se le extraña, pero se le extraña mejor en los silencios de sus padres. No son sus dificultades, desconocidas, sucediendo a kilómetros de distancia lo que le convierten en tema de conversación. No son tampoco sus valientes decisiones de joven, de revolucionario o de sabio. No se le tiene en tan alta estima.

Se habla de Ikli porque ya no está.

En cada ocasión, las conversaciones tienen lugar en voces bajas, y las miradas se vuelven irremediablemente hacia Uli. Uli no escucha y Uli no habla. Ella sigue arando la tierra descorazonada, sigue buscando en los bosques yermos y entre los animales esquivos. No ha buscado un reemplazo para el calor de su lecho, vacío, en una esquina de una cabaña compartida con su familia. No ha buscado a otro hombre.

Las voces hablan de dejar los cuchillos, o de no hacerlo, y tomar el camino a la urbe. Los primeros en marcharse serán los hombres jóvenes, en tardes de otoño en las que sus hermanas salen a recoger castañas y sus madres lavan junto al río o reparan las cercas de sus casas, mientras sus padres fuman y juegan a los dados antes de seguir arrancando de la tierra una fruta tardía que acumular para el invierno. Algunas hermanas han preguntado a Uli, por si ella sabe, por si Ikli le ha contado, por si alguno de aquellos muchachos le ha dicho qué hay más allá. Pero ella no lo sabe, y esas hermanas e hijas le dan la espalda y vuelven a sus hogares; o toman el camino, y no se sabe más de ellas.

Eretha las increpa desde el umbral de su casa. Levanta el dedo y jura y porfía.

–Malditas, estúpidas, ilusas. ¡La noche os encontrará lejos de vuestro hogar, y vagaréis por siempre por colinas en deshielo y páramos sin agua o comida!

Su índice las acusa a todas. Ellas, aún en mayoría, temen a la cazadora, la madre doliente, la mujer más inflexible del lugar. Pero se arman de valor y niegan sus palabras, le rebaten; y beben el agua fría del pozo que Eretha lanza contra las más osadas. El grupo se dispersa, ella se queda sola.

El marido de Eretha baja la mirada y vuelve a sus dados y a su pipa. Ninguno de los hombres se atreve a decir nada.

Sola, echándose de nuevo el cubo al hombro y con los pasos dirigidos hacia el pozo, levanta una mirada osada y resentida a Uli, la única que no ha hablado, que no se ha acercado, pero tampoco se ha ido. Las dos mujeres se toman la medida por primera vez en mucho tiempo, y Uli se siente perder bajo la ardiente rabia de Eretha. Con la cabeza gacha, la sigue y le abre la tapa del pozo.

–Te lo di a ti –espetó Eretha al lanzar el cubo al agua–. Te lo di para que no lo perdieras, niña.

–Se fue como un hombre –repuso Uli–. Yo no pude detenerle.

El otro cubo se hundió en el pozo, y Eretha tiró de la cuerda entre resoplidos hasta traerlo a la superficie, lleno a rebosar. Lo dejó en el suelo y le indicó a Uli que lo cargara, volviéndose hacia la cabaña. Dentro, no habló inmediatamente, sino que se afanó un momento en echar el agua en un caldero y buscar un cuchillo. Al enfrentar a la silenciosa Uli, por un momento pareció que la mujer estaba a punto de atacar. Pero no, la mano alcanzó la piedra de amolar y se disponía simplemente a afilar la hoja. Uli se sintió empequeñecer más aún.

–Fue contigo con quien bailó por primera vez –dijo Eretha, con una nota de dulzura al recordar a su hijo adolescente–. Yo le dije que bailara contigo.

Uli asintió. La fiesta de la primavera, dos años atrás. Cada hogar había preparado algo de comer, y se habían reunido en la plaza mayor. Las niñas y las jóvenes llevaban flores en las trenzas sucias, y algunas hasta habían cambiado sus ropas de trabajo y de polvo por vestidos de tela áspera. Ella no, ella había permitido que sus hermanas le pusieran flores en el pelo, pero había cedido la tela de un vestido para ella en hacerles vestidos a ellas, niñas, felices de tan solo poder verse bonitas aquel día.

Junto al fuego de las hogueras en la noche, la mirada de Eretha se había cruzado con la suya. Durante el día, Ikli se había acercado a ella. Sólo a ella, no a alguna de las otras chicas más bonitas, mejor vestidas, mejores en el baile o en la caza. Había compartido su empanada y su cerveza, había saltado en torno a ella, y había buscado su brazo en el baile con todos los niños. Ahora, antes de que acabase el baile, y únicamente había bailado con ella, la joven Uli se encontraba frente a la temible Eretha, una mujer a quien todos respetaban, que únicamente tenía un hijo, el que había escogido bailar solo con ella.

–¿Lo ves? –dijo Eretha, señalándole entre los demás jóvenes.

Jugaban a las peleas. Se desarmaban unos a otros, se llevaban algún bofetón amistoso, y bebían, como harían cuando fueran hombres. Eretha tenía los ojos brillantes, eso a Uli no se le escapó. Estaba claro que adoraba a su hijo.

Tras caminar por el sendero, mano en mano, Uli oyó de nuevo las palabras de la mujer.

Ampáralo, niña ciega de alma.

Ikli se detuvo y la tomó en volandas. Uli sonreía. Ikli acarició su rostro y su trenza, y llevó su nariz a los labios de ella.

Ponle tus cabellos escarchados por el fuego.

Con una mano diestra, Ikli deshizo su trenza y dejo que los cabellos pajizos cayeran sobre el rostro de ambos. Uli temblaba en un mundo de manos, sin saber a quién pertenecían, a ella o a él.

Abrázalo, pequeña estatua de terror. Señálale el mundo convulsionado a tus pies.

En algún lugar lejano, las hogueras de una noche de primavera se apagaron, y amaneció una mañana fría. Uli parpadeó. Estaba en la cocina de Eretha, no en el bosque.

No deseaba agradecer ese bello recuerdo a la mujer que afilaba el cuchillo, de modo que salió en silencio de la casa, en ausencia de algo que decir. Al cruzar el umbral, el marido de Eretha la saludó con afecto, y ella le dedicó una fugaz sonrisa.

El hombre, Jal, sabía demasiado bien la razón del mutismo de Uli, y no se sorprendió al encontrar a su mujer encerrada en uno similar. Se acercó a la mesa, tomó un fruto que pertenecía a la bandeja del almuerzo, y la miró con curiosos ojos claros. Ella no hizo ver que notaba su llegada, absorta en la hoja del cuchillo.

–Dime –profirió Jal al escupir la pepita y secarse las manos en la ropa–, ¿cómo has nublado el ánimo de la joven Uli?

–Deberíamos ir en su busca y devolverle su arma –dijo Eretha, como si no hubiera escuchado las palabras de Jal–. Los caminos son peligrosos.

–Estoy seguro que cada noche sueñas con tomar ese hierro y salir en pos de tu hijo.

Ella siguió afilando el cuchillo. Jal se llevó entoces un dedo a la sien, y rió con fingida sorpresa.

–Pero, ¡es verdad! ¡Tu hijo dejo su cuchillo sobre tu lecho, Eretha! Eso debe de confundirte tanto…

–Fue una decisión pueril. Además, ya debe de haber reemplazado su arma –farfulló Eretha con enfado.

–Si de verdad lo crees, ¿por qué la afilas?

Jal acercó una mano al hombro de su mujer. Eretha no dejó la piedra de amolar.

–Mujer mía. Los odios vivifican y estimulan solo si es uno quien los gobierna; destruyen y desajustan cuando son ellos los que dominan. Guarda su cuchillo y no sueñes ya con gargantas en las que clavarlo.

–Grandes palabras, marido. Cuídate de que no halle el camino a tu garganta.

Jal se rió de nuevo y salió de la cabaña. La testarudez de Eretha era su peor enfermedad.

           

                                               *          *          *

Las bocanadas de aire de la cala despertaban cada amanecer la vida en Ikli. No la llamada del desayuno, no la prometida jornada de trabajo. El mar, un olor tan puro e intenso que se sentía ebrio.

Lo que le seguía no era importante, porque a cada momento veía ante sus ojos, cerrados o vueltos hacia el suelo, las olas que unos días estaban encabritadas, y rompían contra la cala como si quisieran hacerla desaparecer; mientras que, otros días, lamían su arena con delicadeza.

Todo el tiempo que no le requerían en la granja lo pasaba en la cala. En sus días libres, caminaba hasta el pueblecito de campesinos, a unas pocas millas siguiendo la costa, y se interesaba por las pequeñas embarcaciones. Como su trabajo en la granja no le daba pago alguno, y así deseaba que continuase, se unía a los pescadores de moluscos y percebes y volvía al pequeño puerto de la ciudad empapado, pero con un cubo lleno de delicias del mar.

Entonces, volvía a los calmos aserraderos, en los que apenas se podía construir una embarcación mediana de pesca, y buscaba a los carpinteros que se estaban quedando sin vista, los que no estaban ocupados. Sus dientes ya no eran lo que una vez habían sido, pero disfrutaban del sabor salino de los percebes que Ikli les ofrecía.

–¿Y cuánto pides por ese cubo?

–Solo un par de horas de conocimiento.

Y así, entre las risas y sorbidos del anciano del muelle, aún empapado de salitre, le iban explicando cómo pulir las tablas hasta alcanzar la forma adecuada, como juntarlas, como aplicarles la brea y, tras varios meses, Ikli hizo realidad su sueño.

Con las últimas luces del día, tomó prestada una carreta del aserradero para llevar su tesoro a la cala, y ahí la dejo a buen recaudo de la marea alta, a la espera de la tarde siguiente.

Aquel día alimentó al ganado con la vista en la cala, recogió las verduras listas del jardín para la comida, se ocupó de los campos, a punto casi para la recolección. Realizó todas las tareas del día con la mente puesta en otra parte, pero se obligó a terminarlas con paciencia, incluso empleó más tiempo que de costumbre.

Y antes de que cayera el sol, bajó a la cala, empujó su barca hacia el agua, y remó hasta alejarse lo suficiente de la costa. Entonces, guardó los remos y se tumbó en el fondo de la barca, dejando que el mar lo acunara. Cerró los ojos, inspiró, y por primera vez en algo más de un año, sus pensamientos le llevaron tierra adentro, hacia su antiguo hogar.

Los caminos estaban ya cubiertos de hojas rojizas, crujientes y resbaladizas bajo sus pies. El camino que le había llevado hacia su aventura estaba marcado a ambos lados por los árboles y arbustos semidesnudos que había visto su partida en silencio. Sintió que alguien caminaba detrás de él, y se giró.

Se llevó una gran sorpresa al ver frente a sí a su vecino, Ptor, un muchacho rubio y delgaducho no muy distinto de él mismo. Llevaba la ropa embarrada y el pelo pegado de una forma extraña a la cabeza. Le miraba en silencio, con algo de rubor. Siempre había sido un niño tímido, más joven que Ikli. Sorprendido y contento a la vez de encontrarle en aquella visión, le tendió una mano y lo llamó.

–¡Ptor! Me alegro de verte.

El joven dudó, cambiando el peso de una pierna a otra.

–¿De verdad te alegras, Ikli?

Su voz era un susurro triste.

Ikli asintió, preguntándose por qué, de todos aquellos que había dejado atrás, era Ptor el que se le aparecía.

–Claro que sí –contestó él.

Ptor tenía la mirada clavada en el suelo.

–La suerte no alumbra igual sobre todos, Ikli –dijo Ptor con un hilillo de voz–. Hay lugares donde está demasiado lejos, y no puede llegar.

–¿Qué intentas decirme? –repuso Ikli, frunciendo el ceño.

–Quiero decir que… –Ptor dudó, levantó la mirada, y volvió a bajarla–. Fui al sendero y pasé la mano por las hojas que tú habías tocado.

Ikli asintió, tratando de dar un paso al frente, pero Ptor retrocedió.

Me llevé una impresión al descubrir lo diferentes que eran de las que no habías tocado.

Ikli alargó la mano hacia Ptor, que retrocedía. Al girar la cabeza, Ikli pudo ver que en ella había una gran mancha de sangre.

–¿Qué te ha sucedido, Ptor?

Pero él ya se había ido corriendo por el sendero que se aleja del pueblo. Ikli quiso correr tras él cuando una voz le detuvo.

–¿Ikli?

Se giró, y vio a su querida Uli frente a él. Esta vez llevaba el cabello en una enorme trenza que nacía en su coronilla y caía sobre su hombro derecho, como había visto peinarse a su madre durante muchos años. También Uli parecía vestir las ropas de Eretha, y en su cintura pendía un acero.

–¿Por qué no me has visitado antes, Uli? –preguntó Ikli, la voz melancólica al verla así, tan hermosa y tan fiera como su propia madre.

–Te fuiste a un lugar donde no podías oír la llamada del acero, Ikli –repuso ella.

–Pero tú apenas blandes el acero.

Uli negó.

–Ya nada es como era antes, Ikli. Ya nadie es como era.

Ikli avanzó con cuidado hacia la imagen de Uli, deseando que no se desvaneciera.

–¿Y cómo eres ahora, Uli? ¿Qué ha pasado?

–Ahora soy como me ves.

Y le dio la espalda, sacó la piedra de amolar, y se puso a afilar su espada, ajena a la presencia de Ikli. Este llegó a su altura, a la entrada de la aldea, y quiso alargar la mano hacia sus cabellos para despertarla, pero al mirar en derredor, se quedó helado.

La aldea había ardido.

Se despertó con un sobresalto, abriendo la boca para recibir una bocanada de aire tras otra, y así borrar de su nariz el olor a carne quemada y a brea de su visión. Ya era de noche. La luna se reflejaba sobre el agua, y sobre la colina se veían las luces de la granja.

Tomó los remos y con cada potente brazada, se acercó más y más a la cala hasta poner los pies en tierra firme. Esa misma noche, recogió sus cosas y se fue.

*Continuará*

Marián

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