V. Bajo la piel

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Todo empezó con una uña negra. Pensé que había sido un golpe. He asumido mi torpeza hasta tal punto que amanecer con un cardenal no constituye ninguna sorpresa.

         A los dos días, hasta me alegró ver que la uña que no se caería.

         Pero a los cuatro días todo el dedo estaba negro. No dolía, sorprendentemente. Era una de esas cosas que hacen más daño a la vista de los demás que a los sentidos propios. Pensé que era mi propio cuerpo reclamando mi atención.

         Sin embargo, cuando hubo pasado una semana toda la mano estaba ennegrecida. No era necrosis, tal vez fuese hiperpigmentación, me dijeron.

         Esperé otra semana con expectación. Y se estancó en un punto algo incierto por encima del hueso de la muñeca. Pero durante todos esos días yo ya me había imaginado a mí misma del color del hollín. E ingenuamente temía que en ese momento, de un segundo a otro, me fundiese en el aire hecha de cenizas.

         Y casi me olvidé de mi mano. Tú sabes mejor que nadie que cuando todo va mal, me refugio en la rutina. Pienso en el día que empieza, y cuando acaba, voy a por el siguiente. Te inventas obligaciones. Y así casi no piensas. Así casi me olvidé que la mano se había puesto negra cuando se cumplió un año de los 365 últimos días negros.

         Empecé a usar guantes en algunos lugares públicos, sobretodo en el trabajo. Mi sobrina decía que parecía una maga. Me sentí así por un instante. No debería haberme extrañado que fuese precisamente una maga quien lo descubriese todo. Sucedió esperando para entrar en la tintorería. No, no fue una maga que leyese las manos en un puente de Paris. Mi maga llevaba una falda de martelé totalmente anticuada con unos playeros de Adidas.

         –¿Trabajas aquí? – me preguntó, señalando mi mano negra.

         La reconocí como la antigua empleada de la tienda de esoterismo a la que fuimos alguna vez de adolescentes. Aquella era su única concesión a algo que se pareciese a la magia. Al menos para mí.

         –No – negué, sacando los guantes del bolso.

         Pero ella fue más rápida y me cogió la mano, examinándola con interés.

         –No sé lo que es – me defendí con un hilo de voz, como si ella mereciese las explicaciones.

         –¿No lo sabes, niña ciega del alma?

         Su sonrisa me dejó desubicada. No dijo nada más hasta que se dispuso a salir de la tienda.

         –Alejandra sabía mucho de reconocer desequilibrios, ¿sabes?

      –¿Quién es Alejandra? – le pregunté, decidiendo que no merecía la pena ahondar en su insinuación sobre desequilibrio.

         –Pizarnik, obvio.

         En casa nos reímos de aquel encuentro. Sin embargo, yo no pude evitar antes de acostarme buscar en Internet sobre ella. A la hora de los desvelos, los demonios y las inseguridades. Uno llamó mi atención.

Ampáralo niña ciega de alma

Ponle tus cabellos escarchados por el fuego

Abrázalo pequeña estatua de terror.

Señálale el mundo convulsionado a tus pies

         Ella me había llamado del mismo modo. Pensé que nada convulsionaba a mis pies, aunque aquella mano de betún sí parecía estar a la espera de la oscuridad.

         Mi rutina de la rutina no tardó en colapsar. Y todo por una calle llena de gente donde creí veros. Ya ves, ni siquiera hizo falta que estuvierais allí. Con que el recuerdo tu remolino en la nuca estuviese en mi cabeza, ya todo se desequilibró. El cansancio no me ayudó, claro.

         ¿Nunca te has mirado al espejo y te has sentido extraño en tu propia piel? Preguntándote por qué te ha tocado ser tú, y no otra persona. A veces me veo así, me miro desde la distancia y empiezo a preguntarme por qué soy tan osada en unas cosas y tan racional en otras.

         No tuve más remedio que buscar a la maga. Antes de abrir la boca siquiera, ella me dijo que no pensar en ti durante el día pero soñarte por las noches no era el problema. Que el problema era que yo no quería ver que había, de hecho, un problema.

         –Antes no lograba dormirme hasta haberme permitido pensar en él una vez – le había confesado entonces a la maga en voz queda.

         Ella pareció ver la rabia que había detrás de mis palabras. Reconocer una debilidad ante alguien cuando ni siquiera la has admitido ante ti mismo, es un gran salto en el vacío. Y, a veces, la única forma de hacer confesiones.

         –Los odios vivifican y estimulan solo si es uno quien los gobierna; destruyen y desajustan cuando son ellos los que dominan  – me dijo con una sonrisa, sin asombrarse.

         Señalo mi mano y negó con la cabeza.

         –No va a mejorar, ¿lo sabes, verdad? Vete al camino. Y, si antes de entrar te falta el valor, lanza una moneda. Si te sale cruz entra, y si te sale cara ya sabes lo que has de hacer.

         No lo sabía en aquel momento, claro. Pensé que eran palabras de una loca dirigidas a otra loca que tenía la esperanza de curarse una mano negra sana con una pomada.

         He tardado muchos días. Ya sabes que en temas fundamentales el mundo lleva un ritmo y yo siempre voy a otro, desacompasada. Pero hoy me levante y no me vi tan extraña en el espejo. Llegué a la conclusión de que no somos tanto lo que nosotros hemos construido como las piezas de las que nos han ido haciendo los demás. Yo no soy la misma antes y después de ti. Creo que soy una suma del antes y el después de todas las personas que he conocido.

         Hoy, hasta reconocí con cariño mis mofletes redondos y la boca algo torcida. Así que he ido a la entrada de tu camino. También era mío antes, pero como tantas otras cosas, quedó contaminado con tu presencia. Tiré la moneda y, mientras estaba en el aire, fui consciente de lo que quería que saliese. Con una intensidad que casi rozó la desesperación. Supongo que eso era lo que buscaba la maga.

         Al caer, la cara me quemaba la piel y la cruz se burlaba de mí desde mi palma ennegrecida.

         La elección estaba hecha. Fui al sendero y pasé la mano por las hojas que tú habías tocado. Me llevé una impresión al descubrir lo diferentes que eran de las que no habías tocado. El final del camino se alineó con el final de la tarde, y me sentí extrañamente en paz. El alivio de las elecciones que no hemos hecho nosotros mismos, claro.

         Me he dado cuenta de que, como mujer, mis historias siempre tienen una solución al final. A veces, una muerte. Pero siempre se cierran. Al contrario que ésta. Me tendré que acostumbrar a vivir con una mano manchada de hollín. Y cuándo me pregunten, ni siquiera tendré que explicar que ese dedo fue la primera parte que tocaste de mí.

Irma

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