VII. Fue en una ciudad con mar

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Pero sin playa. Siempre hay algo truncado en las ciudades costeras que tienen puerto pero no playa. Es como si sólo diesen la opción de llegar o marcharse.

         Lorenzo era de los que llegaban. Aunque no fue por mar. Tampoco la llegada fue a una estación de tren que evocase la historia melancólica que traía a las espaldas. No. Fue en un autobús de cortinillas descoloridas y lleno de garabatos de adolescentes que dejaban en los asientos números, cuentas de twitter y firmas muy poco elegantes.

         Sin nadie que le esperase, y sin nadie que supiera que él acababa de apearse en otro puerto, sintió a la vez paz y angustia. Es lo que tiene la falta de ataduras. Se repitió que era temporal.

         –En cuanto encuentre el barrio, me iré.

         Pero no se daba cuenta de que hacía ya muchos años que se había prometido el primer viaje fugaz, y parecía que la única constante en su vida eran esos viajes temporales que se habían vuelto permanentes.

         Había alquilado una pequeña habitación en la parte alta de la ciudad. Mirando por la ventana el horizonte y los edificios escalonados que miraban al mar como girasoles envejecidos, uno casi se olvidaba de que las paredes necesitaban una buena capa de pintura. Al anochecer finalmente sacó del bolsillo de sus tejanos el guante.

         João se lo había dado hacía poco más de un mes en aquel bar de Palermo. João, se sonrió. Cualquiera diría que por la forma en la que pensaba en él fueran amigos. Y no llegaban ni siquiera a conocidos. Esa noche los dos estaban ya algo bebidos cuando se encontraron en un bar oscuro donde había música en directo. Lorenzo ocupaba solo una mesa para dos. Su rutina de los últimos años, al parecer. Un hombre bajito y moreno llegó y se sentó sin pedir permiso.

         –Hola. Soy João.

         Lorenzo le había mirado perplejo.

         –La silla no está ocupada, ¿no?-preguntó el otro, malinterpretando su mirada.

         –No, claro que no.

         –Eso me parecía.

         A Lorenzo se le escapó una sonrisa sin pretenderlo.

         –¿Tan evidente es que estoy solo?

         –Claro, amigo, aquí todos venimos a lamernos las heridas –le hizo un gesto al camarero para que les sirviese otras dos cervezas–. ¿No ves que hasta el mobiliario invita a ponerse intenso?

         Lorenzo paseó la vista por las sillas dispares, los tacones pintados y clavados en las paredes a modo de decoración. En el techo había pintado un fresco de una mujer alzando los brazos hacia el mar. Y, en vez de lámparas, había varios cables llenos de bombillas que se unían sobre el escenario. Aquello era un festival del reciclaje y el arte moderno.

         –Debería haberme pedido absenta entonces.

         –Eso mejor para los días en los que salen a leer poesía al escenario y los depresivos de la primera fila se ponen a llorar.

         Los dos miraron hacia las primeras mesas y se rieron en su estupor etílico. En ese punto comenzó a unirles la camaradería propia de las madrugadas en bares.

         –¿Y tú por qué estás aquí?

         –Porque viéndolos a ellos me siento mejor –se rió João, meneando la cabeza, como si la respuesta fuese algo evidente.

         –Yo no sé por qué he venido. Cuando llevaba media botella de vino pasé por aquí y me pareció buena idea entrar.

         –Está claro que las mejores ideas no llegan estando sobrio.

         Y a Lorenzo ésa le pareció una idea muy acertada. Se invitaron a un par de rondas más, mientras João le hablaba de cómo había llegado a ese país. Cuando llegó la lectura de poesías, Lorenzo le confesó que él no creía que los corazones rotos estuviesen tan rotos. Ni que el amor doliese tanto.

         –Pienso que nos aferramos a eso, porque realmente lo que pasa es que estamos hartos de todo.

         João se había sonreído entonces.

         –Tú estás más perdido que un pulpo en un garaje, Lorenzo.

         Y se sacó aquel guante amarillento del bolsillo y se lo entregó.

         –Viene con instrucciones. Y no se puede lavar.

         –¿Por qué no?

         –Me preguntas por qué no se puede lavar y no por qué te doy esta mierda de guante –contestó con una carcajada, al parecer encontrándole más gracia de la que tenía.

         –¿Y bien?

         –No sé, amigo, te lo doy y te digo lo mismo que el tío que me lo dio me dijo a mí. Anda, vámonos.

         Camino del hostal de Lorenzo, João le dio una palmada en la espalda.

         –Hay un barrio cerca de un puerto. Está lleno de fachadas pintadas. Y en una de ellas puedes ver cosas.

         –¿Te estás riendo de mí?

       –No, no –replicó João, riéndose precisamente–. Yo no vi nada, tío. Pero creo que soy un caso perdido. Por eso le paso el guante al siguiente. Así funciona.

         Y ahora Lorenzo tenía un guante más sucio que un garaje con un papel dentro que señalaba un barrio en aquella ciudad, prohibía pedir indicaciones para poder llegar a él y explicaba que la clave estaba en encontrar a Tales de Mileto sosteniendo una Super 8. Tales afeitado, especificaba.

         –Malditas noches de borrachera –se dijo, dejándose caer hacia atrás en la cama.

         O, tal vez, la culpa era suya. Por no tener una vida y dejarse llevar por algo que le había dicho un loco en un bar sombrío.

         Tardó tanto tiempo en que el barrio le permitiese rastrearlo, que se encontró con un cumpleaños más a la espalda y ejerciendo de camarero en una de las terrazas del puerto. A veces tenía accesos de agobio, cuando miraba a través de los cristales de la cafetería y veía otro buque partir en el que él no iba subido. También le daba un salto al corazón cuando veía una melena parecida a la de ella, sentada de espaldas en la terraza. Podría habérsela buscado con un pelo algo menos vulgar, se decía.

         Pero así son los recuerdos: podemos tener a  una persona aletargada y, de repente, un olor o un gesto la trae de vuelta. Así, sin más. Era irónico que no recordase ya su cara, pero su subconsciente tuviese memorizados aún sus gestos y su forma de caminar.

         Para cuando el año transcurrió, Lorenzo había pasado a odiar el olor de los croissants y todas las noches se acostaba pensando en si aquél no debería haber sido su último día en esa ciudad.

         El barrio resultó estar no muy lejos de su habitación alquilada. De repente, un día atisbó a un flamenco pintado sobre la contraventana azul de un edificio. Y, al avanzar hacia él, descubrió que toda la calle tenía animales dibujados. Algunos, incluso interactuaban entre ellos. Tales estaba algo escondido, en una callejuela sin salida.

         –Casi no te reconozco sin la barba, compañero –se rió Lorenzo.

         La super 8 que sostenía enfocaba a la pared perpendicular a su fachada.

         –No me jodas –resopló, dejando escapar una carcajada histérica.

         Allí estaba su cara. Le miraba con el mismo reproche de la última vez. Había sido soberbio, lo sabía. Desde aquella noche, había conocido a muchísimas personas, y no había logrado que ninguna le gustara. Y había sentido paz en aquel letargo. Hasta ese año pasado en el puerto.

         Sin embargo, no fue ver la cara de Eli lo que le hizo reírse, sino el sitio que se veía tras ella, de fondo. Era el bar de Palermo.

         Cuando llegó allí de nuevo, los edificios en ruinas pegados a los edificios restaurados le trajeron recuerdos de la ciudad con puerto. Encontró consuelo en pensar que ella también tenía heridas que lamerse, al igual que él. Aunque Lorenzo hubiese tardado años en darse cuenta de que era eso lo que le pasaba.

         Volvió al bar en una noche en la que tocaba poesía y comprobó que ella también estaba sola en una mesa. Primero posó la botella de absenta, y cuando ella le miró sorprendida, se sentó con una sensación de suspensión en el pecho y diciendo:

         –Hay un barrio cerca de un puerto.

Irma

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