IX. Cleo-patra

Hugo tenía dos cualidades que le distinguían de su círculo más cercano de amigos. La primera era su gran-pero selectiva- memoria, que le permitía recordar detalles que no tenían ninguna importancia. La segunda era una generosidad casi estúpida, que le llevaba en muchas ocasiones a sentirse estafado. Hugo era consciente de que esas dos cualidades eran bastante mediocres, pero en las noches de desprecio por si mismo le proporcionaban cierto consuelo.

         Fueron esos dos atributos las que lo llevaron al aeropuerto aquella mañana. Su compañero de piso, Berto, se había olvidado las llaves del taxi dentro del taxi cuando salió a por un café, y Hugo se había acordado de que guardaban unas de repuesto en casa. Y como era generoso hasta hacer de sí mismo una alfombrilla de váter, acudió al aeropuerto a llevárselas.

         -Te lo pagaré con sexo-le sonrió Berto cuando Hugo se bajó del coche.

         -Mejor págamelo con algo que vaya a disfrutar-le contestó, bostezando- Esta noche cómprame algo rico y absurdamente caro para cenar.

         Berto empezó a regatearle el precio de la cena, pero Hugo ya no le escuchaba. Porque una chica bastante alta se acercaba directa a ellos, arrastrando una maleta que trastabillaba sobre los adoquines. Le faltaba una rueda, comprendió Hugo. A lo mejor por eso ella llevaba aquella cara funesta. La última vez que la había visto la sonrisa le comía las mejillas.

         -¿Está libre?-preguntó la chica.

         Berto y él asintieron.

         -Espléndido-repuso ella, con una cara que expresaba de todo menos esplendor.

         Sí, espléndido, pensó Hugo, sintiendo un cosquilleo por todo el cuerpo. La ayudó a meter el equipaje maltrecho en el maletero y se acercó a Berto con una mirada ominosa. Le dio las llaves del coche y se quedó las del taxi.

         -Cuídame el coche. Voy a llevarla.

         -¿Qué cojones dices, Hugo? ¿Se te ha ido la olla?

         Pero Hugo ya estaba entrando en el taxi.

         -Me estoy cobrando la cena-le gritó, sonriendo.

         En el taxi, la parte delantera contrastaba tremendamente con la trasera. La ilusión casi infantil en la cara de Hugo, quien se limpiaba las manos sudadas en los pantalones en un tic agónico, contrastaba con la apatía de ella. El vestido de verano de Cleo, oculto bajo una gabardina marrón, contra el chaquetón invernal de borrego de él. Ella pensando en que sólo llevaba cinco horas de día y ya habían comenzado como una agonía. Y Hugo pensando en la primera vez que la había visto.

         En la cola del cine, tan solo un mes atrás. Era el estreno de El Hobbit y Hugo esperaba en la cola, entrada en mano. Había llegado a la frontera de los veinticinco, esa edad en la que los amigos comienzan a dispersarse por el mundo y es difícil cuadrar horarios con los que aún siguen en tu ciudad. Esa edad en la que si no aprendes a disfrutar solo los planes que te apetecen, cuando te apetecen, quedas sentenciado a una infinidad de tardes anclado en tu sofá. Así que allí estaba él, escuchando las conversaciones que le rodeaban, cuando oyó un comentario que atrajo su atención.

         -A mí lo que más me perturbó de la primera parte fue descubrir que tengo las hormonas desatadas.

         -Qué dices, tía-se rió otra voz.

         -Sí, sí. A mí a los doce años me volvía loca Legolas, pero loca loca, ¿eh? Tenía su cara por todas partes, en pósters, en la carpeta… Pero te das cuenta de que te has vuelto mujer cuando te pone la suciedad de Aragorn. Sin lavar, ahí con las greñas y el barro hasta las cejas.

         Hugo no pudo evitar reírse, aunque lo disimuló fingiendo que miraba el móvil.

         -Y ahora estoy totalmente hormonada, porque los elfos me parecen muy gays y le estoy empezando a encontrar punto a los enanos.

         Ahí Hugo no pudo controlarse, y se giró para ver la cara de la chica, justo cuando su amiga le decía que el próximo objetivo serían los Uruk-Hai. Y se quedó prendado. No es que fuese muy guapa, pero tenía una sonrisa que le llegaba a los ojos iluminándola. Aunque el problema tal vez fueran los ojos precisamente: muy simétricos, definitivamente bien ubicados. Siempre nos fijamos en los rasgos de los demás que nos parecen deficientes en nuestro propio cuerpo. Y Hugo tenía un ojo un poco vago, el cual le daba un aire permanentemente tristón.

         La chica le había mirado un instante, haciéndole participe de su sonrisa solamente un instante. Pero bastó para que Hugo la buscase con la vista de nuevo a la salida. Y, como Hugo no olvidaba nada, y menos una cara, la había reconocido al instante.

         Como aquel día, se volvió hacia ella en el taxi.

         -¿A dónde te llevo?

         Cleo apenas le miró. Le dio una dirección, que él no ubicaba muy bien, y se pusieron en marcha.

         -Vaya día de perros que hace hoy, ¿eh?-comentó Hugo tras haber recorrido un par de calles con el silencio cargando el aire del coche.

         -Sí. Un asco.

         La respuesta telegráfica de ella le cortó las alas durante un par de semáforos, hasta que sus limitaciones le obligaron a preguntar:

         -Oye, disculpa…la calle está cerca del centro comercial, ¿no?

         -Sí. Justo frente la tienda de electrodomésticos que está en la perpendicular.

         -Ah, sí, sí. Ya la ubico, gracias.

         -No llevas mucho de taxista, ¿verdad?

         Hugo rezongó algo por lo bajo, maldiciéndose por la imagen de inepto que debía estar dando. Entonces pasaron por delante de un cartel que anunciaba el Hobbit, y creyó ver el cielo abierto. Se rió y le señaló el cartel a Cleo.

         -Vaya gays que son los elfos-comentó.

         Por el retrovisor vio la cara estupefacta de ella. Que no había visto el póster, comprendió él.

         -¿Perdona?

         -No no, nada, es que estaba ahí anunciada la película de El Hobbit y….bueno, es igual.

         Hugo decidió en ese momento callarse y sobrellevar el viaje con la mayor dignidad posible. Tenía la sensación de que el ojo vago le temblaba a esas alturas. Entonces, cuando ya parecía que nada iba a ir a peor, un peatón se situó en medio del cruce donde estaban parados y empezó a desabotonarse la camisa.

         -¿Pero qué hace?-inquirió Cleo, inclinándose hacia delante para tener mejor visión.

         -Madre mía, está pasadísimo-exclamó Hugo.

         El sombrero de purpurina del nudista indicaba claramente que la noche se le había ido de las manos. Hugo estaba tan horrorizado que no podía apartar la vista del espectáculo. Era la anticipación por el morbo.

         Se empezaron a oír algunas bocinas de protesta, lo que enfureció al nudista. Empezó a gritar y se dirigió directo hacia el taxi.

         -¡Dios, viene hacia aquí! ¡Cierra! ¡Cierra las puertas!-gritó Cleo.

         Hugo no era tan temerario ni bravucón como para ignorarla. Con manos temblorosas bajó los seguros de las puertas, bloqueándolas.

         -¡MUY MAL! ¡MUY MAL! ¡A LA CÁRCEL TODOS!

         El nudista seguía gritando y a Hugo le entró un repentino e incontrolable ataque de risa.

         -¿Pero de qué te ríes? ¿Te hace gracia?-inquirió Cleo.

         -Es que…vaya mierda de día-dijo Hugo entre risas, arrancando el coche y alejándose del personaje.

         Cleo le miraba como si estuviese loco hasta que, al final, sonrió y negó con la cabeza.

         -Pues sí: vaya una mierda de día.

         Acabó uniéndose a las risas de Hugo, que se inclinaba sobre el volante sin poder controlarse ya.

         -¿Sabes? Me extrañó que no tuvieras ningún cristal en el taxi. Para protegeros de posibles locos como ese-le comentó Cleo.

         -Sí, o para proteger a los pasajeros de algún taxista loco como éste- renegó Hugo, pasándose la mano por la cara.

         Entonces se sorprendió al oír la risa de ella. Se giró y la encontró mirándolo con los ojos entrecerrados.

         -Yo no te calificaría de loco. Sólo eres un poco raro.

         -Ya. Seguro que el “poco” lo has añadido hace cinco minutos. Gracias al pirado nudista.

         -Efectivamente-continuó riéndose ella.

         Finalmente, con varias indicaciones por parte de ella, lograron llegar a destino. Hugo volvió a ponerse nervioso y sólo se le ocurrió señalar el edificio de azulejo blanco.

         -¿Vives aquí?

         -No, aquí vive mi novio.

         Y ahí murió la escasa valentía que Hugo había acumulado al subirse a conducir aquel taxi. Ése era el trágico destino de los tímidos, se lamentó, echar valor cuando no tocaba.

         -Qué bien-dijo.

         A Cleo le incomodó el repentino silencio del coche, y optó por sonreír.

         -Eres el taxista más raro que he conocido.

         -Ya. No creo que dure mucho en el negocio.

         Cleo volvió a reírse y, como Hugo ya había dado por perdida toda posibilidad, siguió diciendo tonterías.

         -Pero oye, recordarás este viaje gracias al show del personaje ése.

         -Sí, tengo que reconocer que me ha alegrado la mañana.

         Hugo le descontó tres euros del precio por el trayecto extra, que ella se negó a aceptar. Dos minutos después él ya le había sacado la maleta y volvían a ser dos solitarios dirigiéndose en sentidos opuestos.

         Cleo se dio la vuelta al llegar al portal y comprobó que él seguía allí, en el taxi. Se había vuelto en avión tras un fracaso que recordaría toda la vida y no era consciente de que, junto con la propina, le había dejado a Hugo ese mismo sentimiento de fracaso. Y que, al igual que ella, él lo recordaría muy bien. Porque Hugo tenía esas dos cualidades. Recordaría muy bien cada tontería que dijo y cada momento en el que se sintió como un estúpido. Y sería tan generoso que nunca se lo diría a ella.

Irma

 

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