V. Bajo la piel

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Todo empezó con una uña negra. Pensé que había sido un golpe. He asumido mi torpeza hasta tal punto que amanecer con un cardenal no constituye ninguna sorpresa.

         A los dos días, hasta me alegró ver que la uña que no se caería.

         Pero a los cuatro días todo el dedo estaba negro. No dolía, sorprendentemente. Era una de esas cosas que hacen más daño a la vista de los demás que a los sentidos propios. Pensé que era mi propio cuerpo reclamando mi atención.

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V. Ikli

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Se corta la mano. Besa el corte, retiene la palma y bebe la mano. Aparta la mano de la boca ávida, temeroso de no poder abandonar de no hacerlo, y desciende por la tierra cubierta de nieve, la mirada fija en las luces a unos escasos kilómetros detrás de la muerta arboleda. No hay retorno posible por el momento: debe demostrarse al menos eso a sí mismo. Le atenazan las despedidas, por eso no ha formulado las palabras. Aparta su rostro, duro e implorante al mismo tiempo, de sus pensamientos y se concentra en el suelo helado, en los cabellos que se agitan ante sus ojos.

Retiene en las pupilas su figura de espaldas, alejándose. Siente una mezcla de orgullo y deseo, pero vence el orgullo. Aunque se sorprende al comprender que no es orgullo propio, sino por él. Se siente orgullosa de que le haya pertenecido.

Sin interés por verle desaparecer lentamente en el paisaje helado, deja que la partida le pertenezca sólo a él y da la vuelta sobre sus pasos, revueltos sobre la nieve donde le ha alcanzado. Se encamina hacia la lona bajo la cual aún arde un fuego, y sabe que alguien camina como un animal acorralado, de arriba abajo, barriendo la tierra sucia allí donde la nieve se ha derretido con los bajos de su capa. Al verla llegar, Eretha apenas detiene la mirada en ella, y no cesa en su caminar circular. Le escapan chasquidos y resoplidos de la boca y la nariz. Sigue leyendo