IV. Encalar y no hacer preguntas

Encalaban las casas cuando algo sucedía dentro. Generalmente era alguna enfermedad, pero nadie se acercaba a menos de diez metros para descubrirlo. Era un pueblo de casas bajas, silencios a mediodía y llantos de mujeres cuando la tarde acaba.

Recuerdo cuando una mañana llegaron unos hombres a mi casa. Yo entonces era muy pequeña para entender el porqué, pero venían a encalar mi casa. Tras las paredes nos quedamos mi madre, mis dos hermanas mayores y yo. Mi padre y mi hermano pequeño se habían ido aquella mañana. Entre llantos y gritos, unos hombres vestidos de negro encajaron puertas y ventanas, dejando únicamente una ventana sin cubrir de polvo blanco, pero tampoco abierta una vez salieron por ella y la cubrieron por fuera.

Mis hermanas tenían doce y catorce años, y yo apenas unos siete. Mi madre les dijo de pronto que dejaran de llorar, que sólo sería por unos días, y nos apresuró a traer todos los candelabros que había en la casa. Antes de que cayera la noche, cubriendo cada rejilla y rendija a las que la cal no hubiera llegado, debíamos procurarnos luz.

Así comenzó todo.

Sigue leyendo

Anuncios

III. Las 25 cosas ridículas que he vivido junto a Marián

Dibujo

1. Cuando me alisé el pelo por primera vez, y no me reconoció en el patio hasta que no me tuvo a medio metro de distancia.

2. Aquella vez en carnaval, disfrazadas de Arlequín y el Dottore della Peste, cuando un niño le dijo a su padre señalándonos:

           –¡Mira, papá, payasos!

           Y el padre contestó:

           –No, son los Reyes Magos.

3. (Momento stalker-psicópata) Cuando nos despedimos de un amigo nuestro y decidimos seguirlo hasta su casa sin que él se diese cuenta.

4. Cuando me estalló el paquete de Mentos en medio de la calle justo después de haberle dicho a Marián que no necesitaba ayuda para abrirlo.

Sigue leyendo

I. La venta / Estamos en movimiento

LA VENTA

Una minifalda negra quemada por un cigarrillo y una camiseta suelta que cae por los hombros, los ojos pegajosos de rímel y eyeliner, y el pelo despeinado. Parece un uniforme acordado por todas las chicas que esperan para entrar en la discoteca o fuman fuera, bajo la luz rota de una farola. Dentro, la música electrónica y las luces recuerdan a un videojuego de los recreativos.

Sigue leyendo